jueves, 20 de noviembre de 2014


                                 DE SANTIAGO DE QUERÉTARO 
                                 A SANTIAGO DE COMPOSTELA

                                             



                                               ACADEMIA DE HERNÁN CORTÉS A.C.
                                                    “Por la difusión de la verdad histórica”

PREÁMBULO A LA CONFERENCIA
SOBRE FRAY ANTONIO DE MONROY E HIJAR

Es necesario recalcar que la nación que actualmente es México nació como resultado de la conquista cortesiana de principios del siglo XVI. Con la caída del poder culhúa el 13 de agosto de 1521 se escribió el acta de nacimiento de la Nueva España del Mar Océano.
Los pueblos nativos del Continente recientemente descubierto, que habían vivido, desde el alba de los tiempos, aislados y ajenos a la comunicación con las otras civilizaciones del mundo, sumergidos en la niebla de su sangriento paganismo, guerreando unos con otros en un caos de cientos de lenguas, culturas y tradiciones; quedaron, en su derrota, organizados de modo como reza la divisa latina del escudo de Hernán Cortés:

“JUDICIUM DOMINI APREHENDIT EOS, ET FORTITUDO EJUS CORROBORAVIT BRACHIEUM MEUM”

“EL JUICIO DE DIOS LOS SOMETIÓ Y LA FUERZA DE MI BRAZO LO CONFIRMÓ”

Los aborígenes perdieron su mundo, pero con eso, dieron paso a los vencedores que impusieron en este continente la más preciosa cultura que hasta entonces, la humanidad había creado: LA CRISTIANDAD.
Entre la muerte y la valentía, con la sangre de los héroes que participaron en aquel acontecimiento, nació un país inédito: LA NUEVA ESPAÑA, que durante los siglos XVI, XVII y XVIII fue formando sintéticamente lo que vendría a ser el estado mexicano de principios del siglo XIX.

Por tres siglos floreció el Virreinato de la América Septentrional, potencia religiosa, económica y civilizadora, que otrora había administrado territorios y pueblos tan diversos como la cuenca caribeña desde Venezuela hasta Yucatán, desde la Florida, las planicies y cordilleras norteamericanas, hasta las costas del océano pacífico, y Alaska hasta las islas de la especiería principalmente las cientos de islas Filipinas.

Esa Nueva España, tierra de enlace entre oriente y occidente, y cuyas naves construidas en los astilleros de Tehuantepec, Huatulco, Acapulco, Manzanillo, Barra de Navidad y Chametla surcaron el llamado Mar del Sur haciendo de él un mar novohispano.

Los hombres y mujeres que construyeron la civilización y dieron impulso al crecimiento del continente hispano fueron muchísimos. En nuestras pláticas del Real Club España se han mencionado solamente a algunos. Pero, poco a poco hemos de ir desvelando las vidas ejemplares de quienes por su valía merecen ser recordados:

EN LOS DÍAS EN QUE EL IMPERIO ESPAÑOL DOMINABA AL MUNDO, CUANDO MÉJICO Y ESPAÑA ERAN UNA SOLA NACIÓN Y CUANDO SU FUERTE MONEDA, LA DE OCHO REALES TENÍA GRABADA LA DIVISA “UTRAQUE UNUM”, AMBOS UNO; DOS PALABRAS QUE RESUMÍAN EL IDEAL IMPERIAL.

NACIÓ EN LA VILLA DE SANTIAGO DE QUERÉTARO DE LA NUEVA ESPAÑA DEL MAR OCEANO, UN NIÑO PRODIGIO, QUE ANDANDO EL TIEMPO SERÍA UNA DE LAS GLORIAS DE ESTE IMPERIO.

ESE NOVOHISPANO NO SUBIÓ A LOS ALTARES, AÚN CUANDO SUS MÉRITOS LOS TENÍA PROBADOS, POR FALTA DE PROMOCIÓN, PERO SU OBRA QUEDÓ IMPRESA EN EL ALMA DE CUANTAS PERSONAS LO TRATARON, Y TAMBIÉN EN LAS EDIFICACIONES QUE MANDÓ CONSTRUIR, ASÍ COMO EN LOS MATERIALES DE LOS NUMEROSOS OBJETOS DE ARTE CON QUE ADORNÓ EL SANTUARIO DEL PATRÓN DE ESPAÑA EN SANTIAGO DE COMPOSTELA.

SU VIDA LA REPARTIÓ POR IGUAL ENTRE LAS ESPAÑAS, LA NUEVA Y LA ANTIGUA.


UN PERSONAJE QUE MERECE SER RECORDADO

DE SANTIAGO DE QUERÉTARO

6 DE JULIO DE 1634

A SANTIAGO DE COMPOSTELA

7 NOVIEMBRE DE 1715


FRAY ANTONIO DE MONROY E HIJAR
Insigne Arzobispo de Santiago de Compostela, Galicia, en los Reinos de España

COMENTARIOS

Comenzamos nuestro relato a la vista de la catedral compostelana, como peregrino xacobeo.

Cuando entre las brumas otoñales, se divisan las puntas de las torres compostelanas, la emoción es grande.
A los deseos de estar ya, dentro de la catedral se unen los innumerables recuerdos del Camino, en sus cientos de kilómetros desde las faldas de la cordillera pirenaica.
No es aún mediodía, la multitud acude al llamado de las campanas y va entrando por el Portal de la Gloria, cumpliendo el rito de tocar la columna con la mano y con la frente.
Luego, caminando por la nave derecha, los peregrinos hacen fila para subir por la escalerilla hacia el camarín del Apóstol.
Con un gesto de amor y un mundo de deseos, los devotos saludamos al santo abrazando su esclavina de plata repujada, con rica pedrería incrustada. Muy pocos peregrinos mexicanos y menos aún, los que no lo son, saben que la plata que han tocado e incluso besado, llegó hasta allá de las minas novohispanas. No, como el quinto del Rey, sino como ofrenda generosa de uno de sus más ilustres arzobispos:

“EL ILUSTRÍSIMO Y REVERENDÍSIMO SEÑOR MAESTRO DOCTOR DON FRAY ANTONIO DE MONROY E HIJAR, del Orden de Predicadores, doctor en Sagrada Theología, Cathedrático en la Real Universidad de México, Rector del Collegio de Porta Coeli, y Prior del Real Convento de Sancto Domingo de dicha ciudad, Procurador de la Curia Romana de su Provincia de Santiago, Maestro General de todo el universal Orden de Predicadores, Obispo assistente de la Santidad del Señor Innocencio XI. Electo Obispo de la Puebla de los Angeles, y de Michoacán. Miembro del Consejo de su Magestad, Señor y Arzobispo de Santiago de Galicia, Limosnero Mayor del Rey Nuestro Señor y Protonotario Mayor del Reino de León”.
Así reza la placa conmemorativa al pié de su mausoleo.
Tantos honores y títulos, merecido homenaje; eran para a un criollo de la Nueva España, producto americano de cuatro generaciones descendientes de conquistadores y colonizadores españoles del siglo XVI. Fruto de la civilización que ya se había asentado en el Nuevo Mundo.

SU FAMILIA


Fray Antonio de Monroy e Híjar, nació en la ciudad de Santiago de Querétaro de la Nueva España del Mar Océano, el 6 de julio de 1634. Fue bautizado en la Parroquia del Señor Santiago el 25 del mismo mes, fiesta del Santo. Era tercer hijo del gobernador de la villa don Antonio de Monroy y Figueroa y de su legítima mujer doña María de Hijar y Figueroa, ambos descendientes de los primeros conquistadores de Nueva España, siendo su madrina doña Luisa de Monroy y Figueroa.

Ya desde la cuna, fray Antonio estuvo rodeado del ambiente santiaguino, pues sus padres se casaron en la misma parroquia de Santiago, cuando Querétaro era todavía un pequeño asentamiento, el 23 de febrero de 1631.

Un siglo antes, Santiago Apóstol ayudado por un eclipse de sol, se había aparecido a los guerreros cristianos encabezados por treinta caciques otomíes recientemente bautizados – entre ellos Nicolás de San Luis Montañez, Fernando de Tapia (Conín), su hijo Diego y Juan de la Cruz, que eran los jefes -, dándoles la victoria sobre los paganos chichimecas en los llanos de Querétaro, el 25 de julio de 1531. Propiciando con esto, la fundación de la primera población española de la región.

Del matrimonio de los padres del Arzobispo, nacieron 10 hijos, siete de los cuales abrazaron la vida religiosa, cuatro varones y tres hermanas. Su hermano el Mayorazgo don José Antonio de Monroy e Hijar y sus otras dos hermanas doña Ángela y doña María fundaron familias con numerosa descendencia.

Tanto su padre, el capitán don Antonio de Monroy y Figueroa como su madre doña María de Hijar y Figueroa eran de origen noble y poseían una cuantiosa fortuna.

El Maestro fray José de Sarabia y Lezama, Regente de la Minerva en Roma y uno de los biógrafos del Arzobispo, escribe de él:

“La línea paterna se descubre sin vapor clarísima hasta el Marqués del Valle, Hernán Cortés, y por la materna asciende hasta encontrar con los duques de Feria e Hijar, descendientes de los reyes de Aragón.
Cristóbal de Salamanca , rebisabuelo de V.Ilma., natural de Palencia, fue primo segundo de don Hernán Cortés, con quien partió a la conquista de la Nueva España”.

“La señora doña María de Hijar, natural de la Nueva Guadalajara, era descendiente de los primeros conquistadores de la Nueva Galicia y su genealogía se remonta a don Juan Fernández de Hijar, Señor de Riglos y Sellán de Aragón”.( * ) Nota: .Al final del artículo aparece el esquema genealógico de Fray Antonio .

SU VIDA EN NUEVA ESPAÑA
Del 6 de julio de 1634 al año de 1674.

El deseo de vestir el hábito de los dominicos causó no poco disgusto a sus padres, si bien Antonio no era el Mayorazgo, éstos querían para su bien dotado vástago, una vida acorde con su posición social y económica dentro de las principales familias del Reino. Pero el joven criollo, sentía ya muy fuerte su vocación por el estudio y la disciplina religiosa.

Viene aquí a propósito una anécdota que consigna uno de sus biógrafos: el padre fray Secundino Martín Rodríguez.

DE CÓMO LE VINO SU VOCACIÓN:

“Cuando tenía unos diecinueve años, en una ocasión estando solo en su aposento haciendo sus habituales oraciones, sintió un vivo deseo de asomarse por la ventana del palacio familiar en la ciudad de México, en ese momento pasaban por la calle dos religiosos de nuestro padre Santo Domingo que caminaban con suma compostura y modestia. Escena que llamó poderosamente su atención. Esa noche meditó sobre su salvación, pues quería seguir un camino cierto, aunque no fuese el más sencillo.
Al día siguiente y a la misma hora cuando oraba de nuevo, sintió que alguien le llamaba desde la calle. Volvió su rostro a través de la ventana y vio pasar de nuevo a los dos religiosos dominicos que esta vez ocultaron sus rostros.
Al anochecer estando muy inquieto sin poder conciliar el sueño, se incorporó de su cama, y notó un extraño resplandor junto a la pequeña librería, apareciendo fugazmente la efigie de Santo Domingo de Guzmán. Al día siguiente tan pronto amaneció y sin pensarlo más, fue a entrevistarse con el Prior de la Orden solicitando su ingreso.”

Pasado algún tiempo, el joven bachiller hijo de tan opulenta y cristiana familia, así como de tanta inteligencia y virtudes, fue aceptado el 26 de julio de 1653, después de fungir durante siete meses como profesor sustituto de la cátedra de Filosofía en la Real y Pontificia Universidad de México.

En 1655 recibió las órdenes menores y el subdiaconado para la ciudad de Oaxaca y al año siguiente, de manos del obispo de Valladolid en Michoacán, recibió el diaconado. Por tanto, su carrera religiosa iba a gran velocidad, por lo que el 23 de septiembre de 1656, a los 22 años de su edad es ordenado sacerdote por el Arzobispo de la capital de Nueva España, don Mateo Sagade Bugueiro.
Y antes de cumplir los treinta años, el 24 de febrero de l663, recibió el doctorado en Teología por la Real y Pontificia Universidad de México, siendo socio del Padre Provincial Fray Luis de Orduña en el convento de Santo domingo, prestigioso centro de cultura de la capital del Reino.

Durante los tres años siguientes fue un brillante profesor y el 20 de julio de 1666 elegido por unanimidad, Rector de su querido Colegio de Porta Coelli.

La estrella de Fray Antonio de Monroy continuó en ascenso, así como su popularidad entre los hermanos religiosos por lo que en 1671, lo eligieron Prior de Santo Domingo y  Vicario Provincial.

Esos fueron años felices, su padre don Antonio era Regidor de la ciudad de México, su madre, el centro de la sociedad novohispana y todos los miembros de su familia iban ocupando sus lugares definitivos en la vida religiosa y laica del más rico virreinato de la América.

Las letras y las artes florecían, la evangelización de los indios comenzaba a dar sus frutos, las enormes propiedades, agrícolas y ganaderas producían buenas rentas, las ciudades y villas siguían construyéndose, y de los astilleros salían las naves más modernas de la época. Las minas, esas minas de plata, producían montones de barras, pesos y monedas.

En ese entonces eran tropel los españoles que se habían enriquecido, explotando la mano de obra esclava, pero en cambio, se había generado riqueza, y las piezas de 8 reales eran aceptadas con codicia en todo el orbe.
Había paz en el Reino, no existía el ejército, solamente las guarniciones y milicias que están atentas en las costas, para detener las incursiones de los piratas anglosajones, ávidos de rapiña.

Las exploraciones territoriales casi han concluido y la obra de España se iba consolidando para hacer del XVII, el siglo de oro americano.

La familia Monroy e Hijar poseía enormes riquezas. Había abundancia y felicidad para todos los que la rodeaban. Eran cuantiosas las donaciones caritativas para los monasterios y parroquias, para hospitales y colegios.
Sin embargo en los siguientes dos años, la vida de Fray Antonio va a cambiar radicalmente.

El 27 de noviembre de 1673, el Consejo provincial de Nueva España, le nombra Procurador y Definidor de la Provincia en el Capítulo General de loa dominicos a celebrarse en Roma en 1676 para elegir al futuro Maestro general de la Orden.

En 1674, fray Antonio, tiene la pena de perder a su madre poco antes de su salida a los Reinos de España de viaje a Roma para cumplir con el encargo de su Orden.Acababa de cumplir los 40 años de edad.

Existe una referencia en la Crónica de la Universidad de México, del año 1674 donde se asienta que el Padre Antonio de Monroy pide licencia al Arzobispo Fray Payo Enríquez de Rivera para viajar a los Reinos de Castilla en la flota de don Pedro Corvete, Caballero de la orden de Santiago, y en compañía de un criado. Su cátedra de Teología había quedado a cargo del Padre Nicolás Medina.

AMISTAD CON EL PAPA INOCENCIO XI
(Nació en 1611, Papa de 1676 a 1689)

Dios te puso y escogió”

El padre Fray Antonio de Monroy e Hijar, permaneció en la corte de Madrid de 1674 a 1676 pasando a Roma a finales de este último año.

En Roma, por mucho tiempo, los religiosos italianos habían acaparado el puesto de Maestro general de la Orden dominica. La disciplina se había relajado y los dominicos en Europa preocupados mayormente por ganar títulos, se dedicaban al magisterio con preferencia a su labor misionera y defensora de los pobres.
Solamente los jóvenes misioneros españoles seguían pasando por Nueva España en camino a las Filipinas, la China y el Japón, para salvar almas del extremo Oriente. Fray Antonio los había visto muchas veces en la ciudad de México y había aprobado su celo misionero.
La relajación de las costumbres de los religiosos dominicos era evidente y en la segunda mitad del siglo XVII, era necesaria una renovación administrativa.

Llegó la fiesta de Pentecostés del año de 1677, y al convento de la Minerva de Roma iban llegando los procuradores venidos de todo el mundo católico, para elegir Maestro General de la Orden de Santo Domingo.
Una vez reunido el Capítulo, el Cardenal Altieri, a nombre del Papa Inocencio XI iba presentando a cada uno de los 59 votantes.
El Procurador de la Orden en Nueva España fray Antonio de Monroy acaparó la atención de sus hermanos dominicos, por su don de gentes, talento y sabiduría. Su discurso de presentación en elegante latín, así como su agraciada personalidad habían causado estupenda impresión entre todos.
Antes de la votación se habían definido claramente dos bandos que deseaban a uno de sus nacionales para Maestro General.

Españoles y franceses, - los eternos rivales – presentaron sus candidatos poniendo a Su Santidad el Papa, quien presidía la reunión, en un serio problema. Entonces, Fray Tomás Rocaberti el anterior Maestro General se levantó para proponer al novohispano Fray Antonio de Monroy que tan bien había sido recibido.

Monroy, quien pertenecía al mundo hispano de América, era como una corriente de aire fresco en la enrarecida atmósfera del Viejo Mundo. El Sumo Pontífice, aprobó sin reservas su candidatura y Fray Antonio de Monroy fue elegido por mayoría. Éste, sorprendido y apenado, causó estupor entre los asistentes al dirigirse al Cardenal Altieri y luego a Su Santidad. pidiéndo su inmediata renuncia.

Según la relación de Fray Leandro López de Lima, asistente a la elección testifica que: “El Papa Inocencio XI puso su mano en el hombro de fray Antonio, quien permanecía arrodillad,o y le aconsejó:

“Hijo, Dios te escogió y puso en la silla de tu Padre Santo Domingo; y pues Dios te puso y escogió, El te dará virtud y fuerzas para que puedas cumplir con la obligación de Maestro General de tu Orden”.

El elegido bajó la cabeza a los pies de la Suprema Autoridad de la Iglesia y asintiendo al superior mandato repitió:

“Pues Vuestra Santidad me asegura que Dios me eligió y me dará fuerzas y virtud para cumplir con la obligación en que me puso, yo acepto el Oficio de Maestro General de mi Orden”.

Seguramente, entonces, el pensamiento del nuevo Maestro General, habría volado a su Convento de Santo Domingo, a su Colegio de Porta Coelli, a su familia y amigos, a su Nueva España querida.

Éstos no eran sus planes, ahora no podría regresar a su tierra. Quizás, más adelante en un viaje de visita, pero, ¿Cuándo?

Se sentía atado, sofocado, y en la primera oportunidad, pensó, iría a España a ver al Rey, para pedirle su renuncia al Magisterio.

CONSEJERO DEL REY CARLOS II, “el Hechizado”
(Nació en 1661y murió en 1700 )

Ese año de 1677, el joven príncipe Carlos de Habsburgo había llegado a la mayoría de edad, 16 años, por lo que ahora se sentaría en el trono con toda autoridad.

Huérfano de Felipe IV a los cinco años de edad y dejado por su madre Mariana de Austria en manos de preceptores, el niño real deforme y enfermizo, pero de una viva inteligencia, había crecido carente de afecto.

Su desconfianza y timidez no le permitían hacer amistades, el monstruoso prognatismo así como sus piernas temblorosas que le obligaban a caminar apoyándose a las paredes; hacían de él, una patética sombra transparente de sus gloriosos antepasados.

Cuando fray Antonio de Monroy había visitado la Corte recién llegado de América y había sido presentado al, entonces heredero, se acercó a él con amorosa amistad, hablándole de la Nueva España, de su trabajo misionero entre los indios y de su Cátedra de Teología. Carlos quedó muy complacido e impresionado con la confianza que demostraba el dominico, sintiendo consuelo y aliento en sus palabras. Desde entonces quedó sellada una gran amistad entre el Rey y su súbdito, que duraría por el resto de la corta vida del monarca.

Años más tarde, su Majestad le concedió los honores de ser su Capellán, de ser Caballero Cubierto, Grande de España de primera clase, Notario mayor del Reino de León, Limosnero mayor y Juez de su Real Casa y Capilla. Dignidades que ningún criollo americano había recibido hasta entonces.

El literato y científico novohispano don Carlos Sigüenza y Góngora, dice, en su libro “Las Glorias de Querétaro”: “Que el Rey don Carlos II escribía familiarmente y a menudo al Maestro Monroy, consultándole varios negocios de la Corona, y en una ocasión mereció un Decreto todo de su letra, en que mandaba que ningún de los Tribunales conociera las causas de su santo Arzobispo”.

Todo hombre tiene enemigos, pero todo hombre recto y santo, tiene legión de ellos. Y el novohispano los comenzó a tener en el partido francés de su Orden, contrario a los intereses de España.

La estricta disciplina que imponía a todos por igual fue el pretexto, y los franceses comenzaron a intrigar para destituirlo, influyendo con el Papa para que éste le diera un obispado en América o le aconsejara visitar alguna Provincia, alejarlo de Roma y mientras tanto, poner un Vicario francés en su lugar.

Monroy vio la oportunidad para renunciar al generalato y pidió a Carlos II su intervención. Enterado el Rey de estos sucesos, escribió al Papa una carta el 24 de octubre de 1780, apoyando a su amigo y mostrando su disgusto por la preferencia del sumo pontífice hacia Luis XIV. La voz del rey de España aún contaba mucho aunque fuera la del “Hechizado”.

Los franceses se aplacaron, pero fray Antonio insistía en renunciar. Su pensamiento volvía con frecuencia al recuerdo de su Colegio de Porta Coelli, del que había sido Rector. ¡Qué hermosos años, aquellos!, cuándo todo marchaba sobre ruedas.

Entonces en septiembre de 1681, Carlos II creyendo halagar a su amigo y  como si leyese su pensamiento; le ofreció el Obispado de Michoacán que había quedado vacante por traslado al Arzobispado de México del eminente obispo gallego don Francisco Ulloa de Aguiar y Seixas.

Sorpresivamente, a fray Antonio de Monroy  no le agradó el ofrecimiento, e insistió en renunciar a todo para retirase a la vida privada. El asunto quedó pendiente, pero el rey Carlos, conociendo los problemas que su amigo Fray Antonio, tenía como General de los dominicos con el bando francés, pensó en recomendarlo con el Papa para hacerlo Cardenal.

Entonces, se presentó una situación favorable a una salida digna: Quedó vacante la sede arzobispal de ¡Santiago de Galicia!,  el tercer centro de peregrinación de la Cristiandad:

El padre Secundino Martín O.P. dice en su bien documentado libro:

“El Rey Carlos II se fijó en el General de la Orden de Santo Domingo Fr. Antonio de Monroy y lo presentó al Sumo Pontífice Inocencio XI que no dudó un momento en admitir la propuesta regia y elevarle a la alta dignidad de Arzobispo de Santiago de Compostela, aunque para ello tuviese que dejar el Generalato de su Orden. Sin embargo el mismo Pontífice le mandó que, dimitido del cargo, siguiese gobernando hasta que fuera elegido el nuevo General, como así se cumplió”.


EL PALIO ARZOBISPAL DE COMPOSTELA
De l685 a 1715

Su Santidad Inocencio XI impuso el Palio Arzobispal a Fray Antonio el 11 de julio de 1685 en el Vaticano. Y Monroy tuvo que esperar en Roma un año para estar presente en la elección del nuevo General, que pese a la oposición de los españoles, resultó elegido el padre francés Monsieur Cloche.

Al fin libre de su obligación como gobernante dominico, el nuevo Arzobispo se dirigió a la Corte de Madrid para estar un tiempo cerca de Carlos II.

Carlos II de Habsburgo estaba casado desde el año de 1676 con María Luisa de Orleans sobrina del rey de Francia Luís XIV, y prima suya, en “Hechizado” no tenía hijos, ni hermanos menores, éstos tres, habían muerto en la infancia por debilidad. Su hermana mayor Margarita, inmortalizada por el pintor Diego Velázquez en el cuadro de las “Meninas”, también había fallecido. La Corte de Madrid veía con pena la inminente desaparición de la rama primogénita de los Habsburgo, por tanto era apremiante que el rey tuviese descendencia. Hay que recordar que el rey Carlos II era consecuencia de cinco generaciones de matrimonios consanguíneos muy cercanos. Su padre Felipe IV y su madre Mariana de Austria eran tío y sobrina.
La Corte madrileña se empeñaba en que su extraño Rey de 25 años de edad, se comportara con normalidad, cosa imposible dadas las condiciones físicas tan deplorables que presentaba, por lo que algunos estaban firmemente convencidos de que el Rey estaba hechizado y había la necesidad de intentar exorcizarlo. Algunas personas en la Corte creían seriamente que Carlos era víctima de los enemigos de España que intentaban aniquilar a la dinastía.
Entretanto, el Rey se negaba reiteradamente a dejarse exorcizar, pero cuando su amigo dominico volvió a su lado, entonces pensó que tal vez Monroy  pudiera hacer algo a ese respecto, por lo que permitió que solamente él dirigiera la operación.
Tres fueron los intentos del Arzobispo, quien a pesar de su santidad no pudo ahuyentar a ningún demonio, pues no los había. La incapacidad del rey para reproducirse era resultado de la exagerada endogamia y ningún exorcismo le daría la fertilidad.

A principio de noviembre del año 1686 Fray Antonio de Monroy se alejó de Madrid para dirigirse a su nueva Arquidiócesis, tomando posesión en la Catedral de Santiago precisamente el 12 de diciembre, fiesta de la Patrona de México. En su pensamiento bullía otra vez la idea de la renuncia, pues la innata humildad de Fray Antonio rechazaba los honores de su alto puesto.

Sin embargo, en Nueva España, la noticia del nombramiento había llegado y muchos de los ricos parientes del Arzobispo Monroy, orgullo de su familia, no tardaron en pedir licencia al virrey para visitarlo en Galicia.

Fray Antonio, al tomar posesión de su arquidiócesis, encontró las finanzas en muy precario estado. Recortó sus gastos y sus primeros años fueron muy austeros. Sin embargo, la buena administración que ejerció y su extremo ascetismo mejoraron la economía, tanto que se pudo destinar una buena cantidad para obras de caridad.

Las grandes responsabilidades que tenía, por el clima tan húmedo y los constantes ayunos, deterioraron su salud. Así que envió al Rey en dos ocasiones más, su petición de renuncia.

Don Carlos II lo desanimó a ella y le prometió ayuda financiera. Además, le comunicó que estaba por contraer nupcias nuevamente, esta vez con doña Mariana de Neuburg, princesa alemana, y que le preparara una gran recepción en la Coruña y en la ciudad de Santiago, una visita a la tumba del Apóstol. También había dispuesto que Fray Antonio velara su matrimonio en la catedral de Valladolid, como que así sucedió.

En cuanto a su desempeño como arzobispo de Santiago de Compostela; la administración de su Ilustrísima, era óptima, por lo que pudo hacer en aquel entonces, muchas obras de caridad remediando en gran medida los estragos del hambre y de las epidemias que no fueron pocas.

En 1699 todo marchaba sobre ruedas en su arquidiócesis compostelana cuando ese año, quedó vacante la diócesis de la Puebla de los Angeles, segunda ciudad del Reino de la Nueva España.
Fray Antonio de Monroy vio la oportunidad. Pidió oficialmente al Papa ese puesto para regresar a su patria y tal vez con ello, mejorar su salud.
Pero enterados de la petición, “El pueblo, el Cabildo y todos en la ciudad de Santiago, suplicaron al Rey, que no les quitasen tan grande y benemérito Prelado, a cuya súplica accedió su Majestad. La decisión se celebró en todo aquél Arzobispado, con demostraciones de júbilo. El Arzobispo Monroy permanecería en Galicia”. Cuenta don Carlos de Sigüenza y Góngora, en su libro Las glorias de Querétaro”.

Un año después de estos sucesos, el 1 de noviembre de 1700, su gran amigo el Rey moría, a los 39 años de su edad, esta muerte dejó en el ánimo de Fray Antonio una enorme tristeza y la certidumbre de que se acercaban cambios drásticos en la historia de España.

FELIPE V, “El Animoso”.
Rey de 1700 a 1724 y 1724 a 1746

Las guerras de Sucesión que se presentaron entre los principales tronos de Europa, por la muerte de Carlos, sin heredero a la Corona del vasto imperio español, enfrentaron principalmente a los antiguos enemigos: Austria y Francia, quienes además tenían derechos dinásticos en España, por sus estrechos vínculos con la rama primogénita de los Habsburgo.

La rama segunda de la católica Casa de Austria, contra la cristianísima Casa de Borbón, mas Habsburgo que francesa por la sangre.

Ya en los años anteriores al deceso del Hechizado, habían comenzado las presiones de su tío y cuñado, Luis XIV, el Rey Sol, para testar el Imperio a favor de uno de sus numerosos nietos.
El rey más poderoso de Europa salió vencedor y el Testamento de Carlos II, fue a favor de Felipe de Anjou, uno de los hijos de Luis, Gran Delfín de Francia, hijo también de María Teresa de Austria, hermanastra de Carlos.

El biógrafo de Fray Antonio, Padre Secundino Martín, escribe en su libro: “Cuando Felipe V ocupó el Trono de España en 1701, el P. Fr. Antonio de Monroy contaba ya quince años de Arzobispo de Santiago de Compostela; y era sobradamente conocido y querido en la Corte, le cayó bien al nuevo monarca Felipe V quien pronto lo tuvo en la mayor estimación aconsejándose de él cuando lo necesitaba”.

Pero la salud de Monroy iba empeorando, estaba paralítico de medio cuerpo, a veces sentía que le llegaba la muerte, pidiendo al rey Felipe V le concediera su renuncia.
En ese año de 1702 hubo un hecho que signaría una fuerte amistad del Arzobispo con el nuevo Rey.

“VALE SU ILUSTRÍSIMA DE MEDIO CUERPO, MÁS QUE MUCHOS DE CUERPO ENTERO”
Varios sucesos en que intervino el Arzobispo Monroy.

Se acercaba al puerto de Vigo una Flota procedente de Nueva España con un importante cargamento de oro y plata, destinada a la Corona.
No había podido entrar a Cádiz por la presencia de los ingleses en las inmediaciones, así que decidió recalar en Galicia. Pero advertidos los antiguos piratas, - ahora llamados Marina inglesa – y sus aliados holandeses, se aprestaron a apoderarse del tesoro.

En el puerto se encontraban algunos barcos franceses al mando del marqués de Chateureaud que trataron de proteger el cargamento, sin éxito por la superioridad numérica de los anglosajones.

Entonces, sorpresivamente españoles y franceses hundieron los barcos con todo el oro y la plata, burlando al enemigo, pero quedando las tripulaciones desamparadas. Intervino nuestro santo prelado, acogiendo a todos los náufragos en los edificios religiosos de Santiago, proporcionando manutención así como de el posterior traslado a sus lugares de origen.

Poco tiempo después en 1704 y por una traición, la Plaza de Gibraltar cayó en poder de estos piratas, Felipe V quiso recuperarla y, Fray Antonio le envió gruesas sumas de dinero para ayudarlo. Además, el Arzobispo de Santiago tenía ya a punto un regimiento de Caballería, llamado de la Estrella, para lo que se ofreciese, pagándolo de su cuenta. Gibraltar no se pudo recuperar por lo inexpugnable del Peñón.

Felipe V, envió una carta de agradecimiento, que se conserva en el Archivo de Compostela, al Arzobispo Monroy, diciendo que pocos magnates españoles habían hecho algo semejante para el Rey y para la Patria.

Y en cuanto a su tercera petición de renuncia, el rey le contestó: Siga en su, Arzobispado, Ilustrísimo Señor, que vale su persona más de medio cuerpo, que muchos de cuerpo entero”.


JUAN FRANCISCO ALBANI, CLEMENTE XI
Papa de 1700 a 1721

Cuatro Papas supieron de las virtudes de Fray Antonio.

Inocencio XI, Alejandro VIII, Inocencio XII y Clemente XI, con todos los cuales conservó inmejorables relaciones, pero este último sería causa involuntaria de su deceso.

Llevando ya nueve años como Rey  de España, Felipe V no había resuelto definitivamente su corona, las guerras de Sucesión no terminaban, y para colmo, el nuevo Papa propuso a Carlos de Austria  para el trono de Isabel la Católica.

El Papa Clemente escribió a la Corte de Madrid:

“Nos, reconocemos a Don Carlos de Austria como Rey Católico de los españoles, sin perjuicio de otro, y de manera que los derechos de los pretendientes quedaran en pié”

Felipe de Borbón, montó en cólera, expulsó al Nuncio y decretó que los españoles rompieran toda relación con el Sumo Pontífice. Entonces, Fray Antonio no pudo quedarse callado ante tal exabrupto que de llevarse a efecto; significaría un cisma más en la Iglesia como los había habido en Europa.

La peligrosa situación mereció una larga carta de Arzobispo al secretario del Rey, cuyo tenor viril y de heroica valentía, puede resumirse en esta frase:

“La espada de Dios es la que me espanta, no la del Rey”.

Fray Antonio de Monroy escribió otras dos cartas al rey, protestando por su intención de confiscar los bienes de la Iglesia, Cartas que posteriormente le costarían al Arzobispo grandes disgustos.

Veamos cuales fueron las consecuencias de esas cartas:


AÑO DE 1715


“El invierno gallego se acercaba presuroso, la lluvia se hacía más molesta y las brumas envolvían a Santiago. En el Palacio arzobispal un hombre languidecía.

Uno de sus biógrafos, José Saravia y Lezama escribió:

“El aposento era de regulares dimensiones, bastante sombrío,  poca era la decoración. Más se parecía a la celda de un pobre monje, que a la de un arzobispo custodio del santo patrón de España. Cerca de una ventana y bajo un pesado dosel, estaba colocado el lecho de Fray Antonio”.

“El colchón, desnivelado por el peso del doliente, que hacía poco más o menos diez años, la ocupaba con harta frecuencia. Este lecho era incómodo, “vestido” con sábanas percudidas y mal remendadas, que su dueño, en un acto de humildad había compuesto durante sus largas vigilias”.

El arzobispo de Santiago estaba tullido, sus piernas no le obedecían más, se veía obligado a permanecer postrado todo el tiempo.

Hasta ahora la lucidez de su mente y su fe indestructible en Dios, le había mantenido alerta y con cierta fuerza física, pero ese día se sentía desfallecer.

Con voz débil había llamado a su asistente y éste, a sus hermanos de la Orden. Esa mañana había recibido todos los auxilios espirituales y alguien colocó el crucifijo en sus manos.

Con la vista recorrió su dormitorio, posándola brevemente sobre las pinturas colgadas en los muros. Aparte de un crucifijo de marfil, estaban: Santo Domingo de Guzmán , Santa Rosa y San Luis Beltrán, juntos en un muro. En otro espacio y sin acompañantes: Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe, pintura que había mandado traer desde México cuando fue electo General de su Orden.

Un poco más lejos, estaban San Pío V, Inocencio XI y Clemente XI, el Papa actual. ¡Su Beatitud Clemente! ¡Cómo me ha costado defenderte!, pensó el doliente.

¿No acaso esta agonía era resultado del disgusto que sentía Fray Antonio por la sentencia en contra de su dignidad de Arzobispo? Por la injusta Auditoría que la Corona había lanzado contra él.

Sentencia que cuestionaba la administración económica del palacio arzobispal por sus muchos parientes.

Durante más de 40 años de la vida de fray Antonio por Europa, fueron numerosos los parientes y amigos que le acompañaron en diversas épocas. Se sabe especialmente de su hermano Andrés, también dominico como él, así como su sobrino fray Antonio de Villaseñor y Monroy, quien le dedicó una sentida oración fúnebre a pocas semanas de su muerte.

Fray Antonio de Monroy sabía, que era solamente un pretexto para atacarlo. Pues  el golpe venía de más atrás y de lo más alto, cuando escribió a Felipe V, defendiendo a la cabeza de la Iglesia y al pueblo español.
Esta auditoría a sus finanzas en el estado de postración que la enfermedad le tenía y su mucha edad le impedían defenderse con energía, era la venganza del primer rey  Borbón, así como la felonía de sus consejeros franceses quienes pretendían, con artimañas, enemistar a la Iglesia española con el Papa Clemente XI. Ellos querían repetir lo que el impío rey de Inglaterra había hecho casi doscientos años antes con su propia Iglesia.

¡Eso no podía repetirse en España!,  y por no callar, había escrito unas cartas.

¡Esas tres cartas dirigidas al Rey!......Escritas con erudición y talento, pero con pasión por España y por la unidad religiosa con su Pastor. España, no debía seguir el ejemplo de los obispos apóstatas franceses que habían atacado al Papa y al Rey Felipe II, durante el Concilio de Trento.

Esas tres cartas, duras pero justas, llenas de hidalga valentía española. Eran la causa de este golpe fatal, que sus ochenta y un años de edad y su debilidad física no podían soportar.

El arzobispo entrecerró los ojos y sintió cómo un cálido rocío envolvía su persona y al decir de los hermanos que entonaban letanías, sonrosó su rostro.
Entonces su pensamiento se alejó en el tiempo y el espacio. Eran las seis y media de la fría y oscura tarde del 7 de noviembre, vísperas de los Santos de su Orden del año de 1715, cuando a su Ilustrísima le faltaron las fuerzas, entregando su alma al Creador, a la  edad de ochenta y un años, cuatro meses y un día. Había sido Arzobispo de Santiago de Compostela por 30 años y 5 meses.


SU OBRA:

Dejaré al Señor Santiago tan rico y compuesto que no lo reconocerá ni su madre que lo parió”.


Fray Antonio quiso emular en todo a su Padre Santo Domingo de Guzmán: Por su humildad y caridad con los pobres sobre todo. Su afán misionero no decayó mientras su salud se lo permitió, su paciencia y consejos para todos, sin distinción de clases, así como su valiosa ayuda aún a la Corona, fueron una constante en su larga vida.
Cuando Fray Antonio tomó posesión de su sede encontró que si bien la Catedral Compostelana era el mayor centro de peregrinación de España, su estado de conservación, tanto interior como exterior, dejaba mucho que desear.

El sentido de la grandeza que tenía Fray Antonio, no podía ignorar su estado lamentable y, sus biógrafos cuentan una graciosa anécdota ocurrida en esa ocasión:

Cuando el arzobispo vio la estatua del Señor Santiago  en su estado original, de piedra desnuda y sin adornos comentó: “Van ustedes a ver que pronto dejaré al Señor Santiago, tan rico y compuesto que no le reconocerá ni su madre que lo parió”.

Por otro lado, las rentas del Arzobispado y las suyas propias habían aumentado considerablemente, por lo que ya había suficiente dinero para muchas obras de arte que proyectó y llevó a cabo con los años.

El Padre Santiago Rodríguez en su libro “Dominico gloria de Querétaro”, dice:

“A la Catedral de Santiago, su Esposa, la hermoseó y la enriqueció con esplendidez y cariño, invirtiendo en ella sumas enormes, que a él le parecían siempre poco para satisfacer el amor tan grande que por ella y por su Amo el Apóstol sentía”

Enumerar todas las obras que Monseñor Monroy dejó, haría a una larga lista, por esta razón nos limitaremos a citar las más importantes, sin embargo en un anexo nos proponemos enumerar todas las conocidas.

A principios del siglo XVIII, mandó traer de México más de cuarenta y cuatro arrobas de plata – más de media tonelada -, para diversos adornos del interior de la Catedral.

Comenzando por:

+ La magnífica esclavina engarzada de joyas, el resplandor de la estatua del Santo y el revestimiento del sillón de madera.
+ Los frontales de plata repujada en el altar mayor de la Catedral
+ El revestimiento de plata de las rejas de hierro.
+ Los innumerables candelabros y candiles.
+ El grandioso Órgano de la Catedral, donativo personal de Monroy.
+ Un Botafumeiro de plata que permaneció ahí hasta que las tropas de Napoleón se lo robaron.
+ Una Custodia de plata dorada con baldaquín ricamente enjoyada, que actualmente se puede ver en Sala del Tesoro, frente a un cuadro de la Virgen de Guadalupe, enmarcada en plata.
+ La restauración de muchas casas de monjas y religiosos que estaban en ruinas.
+ Obras nuevas en el Palacio arzobispal y otros edificios.
+La hermosa capilla de la Virgen del Pilar, dentro de la catedral, donde está su Cenotafio y sus Restos. Esta Capilla que su Ilustrísima la había comprado para su privacidad, pues cuando podía hacerlo, iba a rezar en soledad y paz. Merece una descripción aparte y detallada. Pero ahora, solamente diremos que es frontera de la escalera por la cual, los peregrinos suben al Camrín del Apóstol. Está al fondo de la nave lateral derecha  y pasando el Crucero.
Toda la Capilla dedicada a la Virgen del Pilar, es lujosa, quizás ostentosa, en enorme contraste con la personalidad humilde de Fray Antonio.

Ahí dentro, bajo el arco sepulcral, puede leerse su epitafio en latín, que los padres Secundino Martín O.P. y Santiago Rodríguez O.P. tradujeron así:

A Dios, Al Santísimo, Al Grande

Detente, viajero, lee y llora

“Llora al Prelado insigne arrebatado a la vida; pero no, antes bien canta al Príncipe santo, al portento del Nuevo Mundo. Al gran Prelado que en vida fue espejo de todos y llenó con sus hechos y con su fama ambos mundos. El Ilustrísimo y Reverendísimo Sr. D. Fray Antonio de Monroy, mejicano, de la sagrada familia de Predicadores, Prefecto General de toda la Orden, después Arzobispo dignísimo de esta alma Iglesia que gobernó por espacio de treinta años, cinco meses y tres días. El que casi desde niño fue el primero entre los Doctores Mexicanos; y ya adulto pareció más que hombre. Está encerrado en este pequeño sarcófago. Roma pregona su ingenio fecundo, elocuente, su humildad grande, su prudencia, equidad, misericordia, magnificencia. Y en Compostela hablan hasta las cosas mudas; y sin embargo ved que yace aquí el que amparó a todos y restauró todas las cosas: a todos: huérfanos, viudas, ascetas, sacerdotes, soldados, pobres, a todos, nacionales y extranjeros. Todas las cosas: templos, capillas, hospitales, conventos y la música sagrada. Para todos, magnífico, munífico, solo para sí estrecho y parco. Muchas veces dudaron sus mayordomos si distribuyó más de lo que recibió.
Adornó a su Esposa, la dotó y la enriqueció con preciosas alhajas, con una maravillosa imagen, con una fiesta solemne a la Virgen de Guadalupe de México y al morir dio por apoyo al templo del gran Santiago, para que jamás caiga, ni se conmueva, la protectora columna de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza. Instituyó la fiesta del Buen Ladrón, para que se arrepientan los ladrones. Ensalces todos a aquél a quien pocos conseguirán parecerse.

“Murió el siete de noviembre del año de 1715. Seis lustros llevó sobre sus hombros el Gobierno de la Diócesis de Compostela aquel extraordinario héroe americano. Con ambas manos la sostuvo. Dejó al morir en lugar suyo la Columna de la Virgen. Cante ya la sonora fama: Plus Ultra.

Lo anteriormente dicho es un resumen de su vida.

Agregaremos nosotros que Fray Antonio, cuando salió de Nueva España camino de Roma en 1674, en lo que parecía un corto viaje. Seguramente no pensó que esa ausencia de su patria, sería para siempre.

Honores, Poder, Gloria y Riquezas, todo lo obtuvo sin desearlo, pero su constante impulso de regresar a su tierra, para vivir en su celda del Convento de Santo Domingo de México, quedó incumplido.
Luis Gonzalo Pérez de León Rivero.
Ciudad de México,3 de junio del 2006.

                                                                                                                            EDITÓ: LUIS OZDEN 

Bibliografía

+ Fuentes Domínguez Gregorio
    “Santiago, sus monumentos y su arte”

+ Lafuente Modesto
   “Historia General de España”

+ Martín O.P. Secundino
   “Fray Antonio de Monroy”

+ Enciclopedia de México

+ Nueva Enciclopedia Sopena

+ Rodríguez O.P. Santiago
“Dominico gloria de Querétaro”

+ Sarabia y Lezama José
“Biografía de su Ilustrísima, Fray Antonio de Monroy

+ Sigüenza y Góngora Carlos
“Glorias e Querétaro



















sábado, 11 de octubre de 2014

12 DE OCTUBRE
EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA Y LA HISPANIDAD



Cuando Cristobal Colón comenzó el  atrevido viaje ultramarino, con sus tres pequeñas naves  rumbo a lo desconocido, Europa estaba en medio de la desintegración de sus valores cristiano –medievales. En cambio, España acababa de integrar su territorio y su cultura con la religión católica.
Por gracia de Dios, y con la enérgica determinación del matrimonio real formado por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, después de vencer al último reducto del Islam en su territorio, y unido su Reino con la expulsión de los numerosos judíos enquistados por más de mil años entre los cristianos; esta doble monarquía, había sido la única que había escuchado con atención al visionario genovés Cristóbal Colón.
Mientras las otras monarquías europeas: la de Portugal, la de Francia y la inglesa habían desechado, por impracticable, el proyecto de Colón de llegar a la India viajando hacia el occidente.
La Providencia divina se había revelado aún, en el propio  nombre del gran marino que se empeñaba en llegar a la India navegando hacia el mar tenebroso del oeste. Cristóbal Colón significa: La paloma que conduce a Cristo”.
No podemos negar la evidencia de que aquí nos encontramos con el magno ejemplo de lo que es la “Historia Providencial”, pues los acontecimientos se fueron encadenando perfectamente para que dieran por resultado el ansiado viaje de Colón.
El matrimonio secreto de Isabel con Fernando, la coronación de Isabel  como reina de Castilla el 13 de diciembre de 1474,  la lucha contra Portugal para afirmarse en el trono por la derrota del rey portugués, eran los principales hechos, que se encadenaban a la toma de Granada el 2 de enero de 1492.
Toda Europa celebró con alegría ese feliz acontecimiento por considerar que compensaba la pérdida de la Constantinopla cristiana a manos de los turcos. Luego siguió la expulsión de los judíos porque habían atentado contra la Cristiandad ayudando ocultamente a los moros, y conspiraban secretamente contra el orden cristiano en Castilla y Aragón para devolver al Islam su reino perdido.
El 31 de marzo de ese año de 1492, Isabel y Fernando firmaron un documento que comenzaba así:

“Sabéis o debéis saber, que desde que tuvimos noticia de que había en nuestros reinos algunos malos cristianos que judaizaban, o apostataban de nuestra Santa Fe católica, a causa de la gran comunicación que había entre judíos y cristianos (nuevos), ordenamos a los dichos judíos, en Cortes que celebramos en la ciudad de Toledo en el pasado año de 1480, vivir aislados en todas las ciudades y villas de nuestros reinos…….Sin embargo, persiste y es notorio el daño que se sigue a los cristianos de las conversaciones y comunicaciones que siguen con los judíos, los cuales han demostrado que tratan siempre, por todos los medios de pervertir y apartar a los cristianos fieles, de nuestra Fe católica….. Hemos decidido ordenar a los hombres y mujeres judíos a abandonar nuestros reinos y no volver jamás……”

 La reina Isabel  de Castilla veía como algo providencial que los tres acontecimientos más importantes de su reinado contribuyeran a la gloria de España:

a) La conquista con que se daba fin, después de casi ochocientos años, al temor del dominio musulmán.
b) La liberación de la nueva nación, de todo peligro de explotación judía por parte de los enemigos internos de la Fe.
c) La oportunidad de cruzar los océanos, llevando el Evangelio de Cristo a millones de almas que no lo conocían.

Los Reyes Católicos escribieron una curiosa carta al Gran Khan de la India redactada en latín en 30 de abril de 1492, para que Colón se la entregara si lo encontraba:

“Don Fernando y Doña Isabel, por la gracia de Dios Rey y Reina de Castilla, de León, de Toledo, de Galicia, de Aragón, de Valencia, etc., etc. “

Al Rey:
“Hemos sabido que Vuestra  Alteza y vuestros súbditos guardan gran amor hacia nosotros y hacia España. Sabemos además que Vos y vuestros súbditos desean mucho, tener noticias de España. Por ello os enviamos a nuestro Almirante, Cristóbal Colón, que os informará que Nos hallamos en buena salud y perfecta prosperidad.”
Yo el Rey, Yo la Reina.
Granada, 30 de abril de 1492.

Por su parte, el historiador inglés William Th. Walsh escribe en su famoso libro “Isabel de España”

“Cristóbal Colón no salió de España buscando rutas nuevas para el comercio, sino como un misionero explorador. Y así sus últimos actos reflejaron el noble fin de su empresa. La tarde del 2 de agosto de 1492 él y sus hombres se confesaron, al día siguiente a las seis de la mañana recibieron la Santa Comunión de parte del Padre Juan Pérez en la pequeña iglesia de la Rábida. Éste bendijo las naves y en los mástiles se amarraron los estandartes de los Reyes Católicos y  de la Santa Cruz, y a las ocho en punto zarpó en nombre de la Santísima Trinidad”.

El costo de la empresa sumaba 1,167, 542 maravedíes; los Reyes Católicos aportaron un millón, Colón y los hermanos Pinzón el resto. Un maravedí equivaldría a 2 centavos de dólar de 1929,  según el historiador M. McCarthy en su obra: “Colón y sus predecesores”.

EL DESCUBRIMIENTO DE UN NUEVO CONTINENTE

Tras dos meses de vientos favorables las tres carabelas: la Pinta, la Niña y la Santa María, avistaron, el 12 de octubre de 1492, el Nuevo Mundo, con esto, se había cumplido la profecía del escritor hispano-latino Marco Séneca escrita mil quinientos años antes. “Llegará un día en que el océano romperá sus cadenas, y aparecerá al oeste un nuevo continente, y Thule no será la última de las tierras” 

Cristobal Colón regresó a España el 14 de marzo de 1493. Para encontrar a los reyes que estaban en Barcelona, hizo el recorrido desde Palos, en medio del júbilo de los habitantes. Tras un mes de marcha triunfal con los indios semi desnudos caminando adelante del convoy, el Almirante llegó montado en un caballo blanco atrás del grupo de marinos que regresaba de tierras ignotas.

Con la posesión del inesperado como enorme hallazgo de la América; comenzó la formación del Imperio Español de 300 años de duración, naciendo con ello, la Hispanidad.

El Descubrimiento y Conquista de las nuevas tierras significó un gran trabajo y sacrificio para España, que conservaba aún, el espíritu de cruzada por la Fe, ya débil o perdido en el resto de Europa. Los Reyes Católicos convocaron a los más aptos de sus súbditos para elaborar el estupendo compendio llamado Leyes de Indias, para evangelizar y  civilizar, de acuerdo a la Doctrina de Cristo, a la multitud de paganos conquistados y pacificados por los exploradores y los eclesiásticos, durante los trescientos años del Imperio Español en América.

Hemos dicho sacrificio anteriormente, porque España se desprendió de sus mejores hijos para evangelizar, poblar y dominar, tanto a los hombres, como a la naturaleza de las tierras descubiertas.

En trescientos años se formaron nuevos pueblos, villas  y ciudades e inéditas razas, como ninguna otra nación hubiese podido construir. El Imperio Español se convirtió en la Cristiandad americana, es decir: la Hispanidad.

Lamentablemente, las ideas liberales de la Ilustración de los siglos XVII y XVIII diluyeron la Fe y el carácter religioso con el cual se había edificado el Imperio Español. 

Sus enemigos: Inglaterra, Holanda, la Francia napoleónica y la República norteamericana; se dieron cuenta de esa debilidad, y con odio reconcentrado a todo lo católico y español difundieron entre los habitantes hispanoamericanos la antigua y corrosiva “Leyenda Negra lascasiana” inventada por los protestantes.
Los intelectuales hispanoamericanos del siglo XVIII  con desordenada admiración por los sistemas políticos y sociales angloamericanos protestantes, dividieron el pensamiento de los habitantes del Imperio desatando, por medio de la Masonería, las revoluciones de independencia de los súbditos españoles de América, en los principios del siglo XIX, destruyendo irremediablemente, lo que antes había estado unido. España perdió su Imperio pero, gracias a Dios, la unidad cultural de los hispanoamericanos de todas las razas y sus mezclas, continúa hasta hoy. Por lo tanto son 20 las naciones que en el siglo XXI participan, junto a España, de la misma cultura, y dan forma y fuerza a la Hispanidad.
Luis G. Pérez de León Rivero.
12 de octubre de 2014.
EDICIÓN DE LUIS OZDEN
luisozden@gmail.com



                                     



OBRAS CONSULTADAS:
“Viajes de Colón”, Martín  Fernández de Navarrete, Ed. Porrúa, 1987.
“Cristóbal Colón”, Salvador de Madariaga, Ed. Sudamericana, 1973.


“Isabel de España”, Willian T. Walsh, Ed. Palabra, Madrid



miércoles, 27 de agosto de 2014

SOBRE LA TERRIBLE INQUISICIÓN ESPAÑOLA


Estimados lectores:
Tengo el gusto de presentaros este texto sobre la Inquisición Española, que considero muy bien documentado y creo necesario su difusión en este Blog de la Academia de Hernán Cortés, para reafirmar nuestra opinión sobre la Verdad Histórica de nuestra cultura hispanoamericana. Este estudio comparativo entre las actuaciones de la Inquisición en España y de la Inquisición Protestante de los países donde más intensamente se ha difundido la Leyenda Negra contra la religión católica y la cultura española; es muy importante leerlo y enterarse de los horrendos crímenes que los herejes del norte europeo cometieron contra los disidentes a sus religiones oficiales.
Luis Ozden. 


LA INQUISICIÓN DE LA IGLESIA Y LA JUSTICIA DEL REY
JOSÉ LUIS MARTÍNEZ SANZ
El público culto de nuestros días cree de buena fe que la Inquisición era una
monstruosa y criminal organización destinada a torturar y quemar vivos a seres inocentes que no creían firmemente o que no cumplían los preceptos de la Iglesia Católica. Para conocer la verdad de qué pensaban y cómo vivían las personas de la Edad Moderna (ss. XVI-XVIII), y tratar así de entender mejor la función y acciones de la Inquisición, es necesario establecer una comparación entre la actuación de la Inquisición y el funcionamiento de la justicia ordinaria o los tribunales civiles de aquellos siglos (“la justicia del Rey”, como se les llamaba generalmente). Y esa comparación debe presentarse sistematizada en varios pasos o fases.
Por rigor intelectual, y por sentido común, para hacer una comparación entre instituciones históricas es preciso partir de un principio que es la norma de todo verdadero historiador serio: no se puede juzgar, ni valorar, ni explicar el pasado con los criterios y valores del presente. Ya sabemos que hay otro tipo de “historiadores” que hacen lo contrario, y por eso sus teorías y curiosas ideas son las más jaleadas, repetidas y difundidas; ante este hecho hay que recordar que Emil Ludwig, en su biografía de Bismarck, recogía unas curiosas palabras del Canciller: Hay dos clases de historiadores. Los unos hacen claras y transparentes las aguas del pasado; los otros las enturbian.
En segundo lugar, es preciso recordar uno de aquellos criterios o valores: aunque el concepto y la doctrina de lo que es el Estado no estaba desarrollado plenamente (sobre todo en la mentalidad de las gentes sencillas), sí estaba universalmente entendida y extendida la idea de fidelidad al Rey, a quien se suponía el único soberano de cada territorio (en nuestros días, en los países democráticos el soberano es el pueblo, y en los países socialistas, comunistas y autocráticos [como en el Zimbawe de Mugabe] el Estado es el soberano y el propietario de los medios de producción). Para aquellas gentes, desobedecer al Rey era el delito de felonía, y abandonar, engañar, o burlar al Rey era el delito de alta traición; y ambos se pagaban con la muerte. Por eso, la conducta de traición o de engaño a Dios (superior al Rey), era aún más grave, y se castigaba no sólo con la muerte, sino con una muerte cruel como “castigo” al delincuente y espantosa para “ejemplo” y advertencia a los demás. Esas muertes solían ser en la hoguera.

En tercer lugar, contra la falsa, famosa y difundida “leyenda negra” antiespañola, hay que recordar que las condenas a muerte por cuestiones religiosas no eran exclusivas de España ni de la Inquisición, sino algo corriente en toda Europa: así ocurría en la Inglaterra anglicana (por ejemplo, con Tomás Moro), en la Francia de los calvinistas hugonotes, en la calvinista Ginebra (con Miguel Servet, y con otros muchos antes y después de él), entre los luteranos alemanes (con sus famosas “guerras de religión”, como en Francia) e incluso en la Rusia ortodoxa de los voivodas y zares.
Un cuarto punto sería recordar que la Inquisición española no fue ni la primera ni la única. La primera y modelo de todas las que vendrían después fue la inquisición judía, una institución semi religiosa y semi política. La “inquisición” o averiguación sobre alguien, junto con el castigo posterior si el resultado de esa investigación mostraba que su acción era reprobable, no es un invento medieval sino de la antigua teocracia judía: en el Antiguo Testamento (Deut 17, 2-7), se determina cómo debían ser los juicios en Israel para quien ofendiese a Dios de palabra o de obra, ordenando una indagación o inquisición, un juicio y la correspondiente condena. Por eso, este sistema se aplicó a Jesucristo, que fue espiado y discutido por sacerdotes (Mt 21, 23) y fariseos (Mt 22, 15-22); luego fue apresado por ellos en el Huerto de los Olivos (Mt 26, 47-56), llevado ante el Sanedrín y condenado por los sacerdotes y autoridades judías (Mt 26, 57-66). La antigua Sinagoga distinguía tres grados de anatema o condena: la separación (niddui), la excomunión (herem) y la muerte (schammata); con arreglo a esto, juzgaron y condenaron a Jesucristo al schammata (Jn. 18, 14 y ss.), y se lo entregaron a los romanos para que le mataran.
Esta inquisición y su sistema de apresamiento y condena se ve más clara aún en los Hechos de los Apóstoles (8, 1-33 y 9, 1-30), donde se narra la persecución judía contra los primeros cristianos y cómo el Sumo Sacerdote envió a Saulo hacia Damasco para averiguar si los judíos de Siria se habían hecho cristianos, y en ese caso traerlos encadenados a Jerusalén: durante su viaje a Damasco, el inquisidor judío Saulo se convirtió al cristianismo y se trocó en San Pablo, el decimocuarto apóstol cristiano.
Más tarde, a caballo entre la Plena y la Baja Edad Media, apareció en Europa la Inquisición medieval. Europa sufría una grave conmoción: en Flandes habían aparecido unos predicadores que enseñaban extrañas doctrinas y, como el pueblo flamenco los consideró herejes, se vieron forzados a huir. Se refugiaron en el suroeste de Francia, en torno a Albi: por eso los eclesiásticos los llamaban “albigenses”, pero el pueblo los conocía como “cátaros”. El problema era que no sólo hablaban de dogmas y sacramentos religiosos, sino de instituciones sociales, como el matrimonio, la jerarquía (la eclesiástica -papado- y la civil -monarquía-). Siguiendo los precedentes judíos contenidos en las Sagradas Escrituras, la Iglesia creó también un sistema de averiguación sobre la posible herejía: en su bula Excommunicamus, de 1231, el papa Gregorio IX instituyó un Tribunal de la Inquisición para perseguir la herejía de los cátaros o albigenses.
De ese modo la Curia pontificia tomaba las riendas en el asunto de las herejías, se reducía la responsabilidad de los obispos en materia de ortodoxia, se sometía a los inquisidores bajo la jurisdicción del pontificado, y se establecían severos castigos; el cargo de inquisidor fue confiado casi exclusivamente a frailes franciscanos y dominicos por su mejor preparación teológica y su rechazo a las ambiciones mundanas. Al poner bajo dirección pontificia la persecución de los herejes, el papa se adelantó al emperador del Sacro Imperio, el suabo Federico II Stauffen, quien previsiblemente quería tomar esa iniciativa para utilizarla con objetivos políticos. Restringida en principio a Alemania y Aragón, la nueva institución entró enseguida en vigor en el conjunto de la Iglesia, aunque no funcionara por entero o lo hiciera de forma muy limitada en muchas regiones de Europa. Tiempo después, cayó en desuso y permaneció así durante siglos.
Otros herejes de la época, condenados ya en el IV Concilio de Letrán, de 1215 (Dz 434), eran los valdenses. Tras ser aplastados los albigenses en la cruzada levantada contra ellos, los valdenses fueron las siguientes víctimas de la Inquisición en Francia: en 1487, el papa Inocencio VIII organizó una cruzada contra ellos en el Delfinado y Saboya (hoy territorios de Francia).
Por estos años apareció la Inquisición española. Es sabido que, tras las persecuciones europeas contra los judíos y su expulsión de los diversos reinos (los primeros fueron los ingleses en 1290, con Eduardo I), muchos de ellos se refugiaron en los diversos reinos cristianos de España. Su preparación y su fraternidad étnico-religiosa permitieron que volviesen a detentar puestos dirigentes en todos los reinos y ámbitos. Las gentes del pueblo miraban con aversión a los que, viniendo de fuera, se adueñaban de lo de dentro; por si fuera poco, la peste negra y otros acontecimientos extraños (los martirios de Santo Dominguito del Val y del Santo niño de La Guardia -Toledo-, que no eran propiamente ritos religiosos judíos, sino ritos satánicos hechos por odio a Cristo) concitó mucha enemistad hacia sus autores.

Muchos judíos se convirtieron entonces al Cristianismo, pero parte de ellos seguía practicando su religión y ocupaba puestos hasta en la Iglesia, burlando la fe de las gentes y profanando la religión. Y esto era lo más grave: si entonces la traición al rey era el delito de felonía y lesa majestad que se castigaba con la muerte, la traición contra Dios y su religión era un sacrilegio o pecado nefando que merecía el peor castigo. De ese modo, a fines del siglo XV recibieron los Reyes Católicos las quejas de sus pueblos contra los “falsos cristianos” judíos y moriscos, que se mofaban de Cristo y de los dogmas de la Iglesia y actuaban en contra de los intereses del reino. La realidad es que hubo muchos judíos y musulmanes que se bautizaron de buena fe y con toda sinceridad, pero otros lo hicieron para no ser molestados y proseguir sus negocios: estos últimos eran los que constituían una semilla de herejías y de discordia social, y los más escandalosos eran los falsos conversos que habían llegado a sacerdotes y obispos de la Iglesia y se reían de los dogmas, devociones y ceremonias cristianas.
Además de la aversión popular, estaba la académica y erudita de los propios conversos: el Fortalitium Fidei de Fr. Alonso de Espina, y la Historia de los Reyes Católicos del cura de Los Palacios (1478), ambos judíos: sus obras eran antijudías y acusaban a los falsos conversos de haberse infiltrado en el episcopado y el sacerdocio, poniendo en peligro la cristiandad. Para depurar a los culpables y respetar a los inocentes, los Reyes pidieron al papa Sixto IV que introdujera la Inquisición también en Castilla, pues en Aragón ya había existido. La creación del Santo Oficio de la Inquisición tendría un carácter especial en España por depender los jueces inquisidores directamente de la Corona. El papa Sixto IV se lo concedió por la bula Exigit sincerae devotionis affectus (1478), siendo su primer inquisidor general el dominico judío (converso) Tomás de Torquemada, al que sucedieron otros de similar procedencia: de ahí viene la expresión “el furor de los conversos”. El investigador judío Henry Kamen ha destacado que, al ser la Inquisición española un instrumento mediatizado por la Corona, muchas de sus actuaciones deben explicarse más bajo esa perspectiva que bajo la del fanatismo de la Iglesia. Hay que destacar que la Inquisición española perseguía no sólo los delitos de herejía (recuérdese que en toda Europa se actuaba de igual forma: así Calvino con Servet, o Enrique VIII con Tomás Moro), sino también la blasfemia, la homosexualidad o sodomía, el adulterio -tanto el masculino como el femenino-, y otros pecados socialmente rechazables en la mentalidad de la época, castigando cada uno de ellos según su gravedad.

Se puede decir que la actividad de la Inquisición en España se dirigió inicialmente, desde 1478, contra los falsos conversos judíos, a pesar de que los primeros inquisidores eran también judíos (conversos). Posteriormente, desde 1502 su actividad se volcó contra los falsos conversos moriscos; más tarde, desde 1520 y tras el estallido de la reforma luterana, se dedicaría a extirpar la herejía protestante. Su lema era un versículo bíblico: Exurge Dómine, et iudica causam tuam (Sal 74, 22); su escudo o blasón, una cruz (generalmente, verde), con una rama de olivo a su derecha y una espada desenvainada a su izquierda. Y es preciso recalcar un hecho, a menudo desconocido: la Inquisición no tenía jurisdicción sobre musulmanes y judíos, sino sólo sobre cristianos, por lo que podía perseguir como criminales contra Dios y su Iglesia solamente a los falsos cristianos o falsos conversos.
La Inquisición actuaba mediante denuncia previa, que solía ser secreta. El acusado era apresado y se le tomaba declaración, pudiendo ser en ella sometido a tormento: ése era entonces el procedimiento habitual de la justicia civil en toda Europa. También podía presentar testigos de descargo, pero el testimonio de dos testigos de cargo veraces anulaba las protestas de inocencia del acusado. Las penas impuestas variaban desde la residencia en un convento para los casos leves, al público azote a los adúlteros paseados en burro y montados al revés con grandes cuernos puestos sobre su cabeza, a la exhibición pública del sambenito (un largo escapulario amarillo) en los más serios y públicos, e incluso para los más graves -predicar o escribir herejías- se podía llegar hasta la muerte; pero esta pena nunca la aplicaba la Inquisición, sino que entregaba los condenados al brazo secular o justicia del rey, que era la que ejecutaba de hecho la sentencia inquisitorial en un solemne y público auto de fe con propósito ejemplarizante. Si el reo estaba huido, se le quemaba en efigie (la mayoría de los casos), junto con sus libros si los había escrito.
Por el contrario, si los denunciados eran hallados inocentes -una vez investigados- se les ponía en libertad: en el s. XVI fueron denunciados, apresados e interrogados muchos conocidos personajes que, una vez probada su ortodoxia, fueron absueltos y canonizados por la Iglesia: San Juan de la Cruz, Santa Teresa, etc. Y lo mismo puede decirse de los teólogos (como Fr. Luis de León), de los escritores de temas religiosos (Fr. Luis de Granada), de los fundadores de grupos y congregaciones religiosas (San Ignacio de Loyola) y de otros muchos que tocaban directamente temas religiosos: casi todos fueron investigados por la Inquisición, que absolvía a los inocentes y sólo castigaba a los probadamente culpables del delito de herejía o de otros delitos sociales y religiosos. A pesar de ello, también en esa institución hubo errores e incluso abusos, como el ocurrido con el mismísimo Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo y cardenal primado de España.

La Inquisición era severa, pero generalmente muy honesta y rigurosa y no tenía la crueldad con que ha sido retratada en la “leyenda negra”: si aplicamos la visión comparativa, encontramos que a lo largo de sus más de trescientos años de existencia, la Santa -como el vulgo la llamaba- en España condenó a muerte a un número de reos similar al de las brujas quemadas en Inglaterra durante un solo año del s. XVII, como señaló H. Eric Midelfort tras estudiar 1.258 ejecuciones por brujería en el suroeste de Alemania entre 1562 y 1684, algo que “olvidan” ciertos historiadores que se autodenominan progresistas y se creen científicos. La Inquisición española pervivió hasta el s. XIX, en que fue definitivamente abolida. En nuestros días, como es lógico, la mentalidad social rechaza la Inquisición porque nadie debe ser forzado a aceptar una determinada fe religiosa, y porque hoy se condena -teóricamente- toda coacción a la libertad de pensamiento y expresión; pero Menéndez Pelayo apuntó como balance históricamente positivo de la Inquisición el que lograra evitar que España se dividiese y conociera la mortandad, el terror y la ruina producidos por las “guerras de religión” que asolaron el resto de Europa en aquellos trágicos momentos.

Más de medio siglo después que la española y ya antes de la inauguración del Concilio de Trento, ante los problemas religiosos surgidos en Alemania y las ejecuciones de católicos en el Imperio y en Inglaterra, el papa Paulo III estableció en 1542 la Inquisición romana, y se la confió a los dominicos por haber sido los primeros adversarios de Lutero. Luego se fue extendiendo por diversos Estados italianos, y posteriormente se impuso en la mayoría de los Estados católicos de Europa. Paralelamente, en los países protestantes se hacía lo mismo y con mayor intolerancia, si bien no tenían una institución establecida formada por teólogos autorizados: eran los jueces (ordinarios o religiosos) los que se encargaban de lo que entonces se consideraba el crimen más execrable, como era la ofensa a Dios. Recuérdese el caso de la quema y muerte de Miguel Servet en Ginebra (Suiza), acusado de hereje por Calvino.
Por lo que respecta a la Iglesia católica, esa labor de vigilancia del dogma ha perdurado hasta nuestros días: a mediados del siglo XX, y como fruto del Concilio ecuménico Vaticano II, la hasta entonces Congregación del Santo Oficio -que presidía el temido cardenal Ottaviani- cambió su nombre y funciones por el de Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyo “Prefecto” o director a finales del siglo XX fue el cardenal Ratzinger, un jesuita alemán y eminente teólogo, que desde 2005 es el Papa Benedicto XVI.
Ciertamente, en nuestros días vemos negativo todo tipo de imposición, incluso el control de nuestro pensamiento, ideas o conciencia, porque van contra la libertad, que para un cristiano es una cualidad puesta por Dios en el hombre, y para toda persona es un derecho inalienable e irrenunciable. Pero estos parámetros de hoy no se pueden aplicar exactamente igual a aquella sociedad de entonces: eso sería caer en el error anti histórico y acientífico del “anacronismo”, (juzgar el pasado con los criterios del presente), del que huye todo historiador serio. Por principio, un historiador explica e interpreta, pero no valora ni juzga, a pesar de que es un ser humano con sus ideas, prejuicios, convicciones, etc., y vive en un tiempo y espacio concretos, con las ideas y valores de ese tiempo y de ese lugar.

En quinto lugar, buscando la verdad, la precisión y poniendo cada cosa en su sitio, debe estudiarse en sí misma y comparativamente el fenómeno “Inquisición española”, cotejándola o contrastándola con otras instituciones similares, pues hubo muchas. En esta labor es preciso recordar los trabajos de historiadores y otros estudiosos serios, solventes y desapasionados. El antropólogo norteamericano Marvin Harris no es sospechoso de partidismo clerical ni supersticioso, sino más bien de todo lo contrario; en uno de sus libros sobre la brujería y su represión en los tribunales reales o municipales durante la Edad Moderna en Europa recoge y refleja los trabajos de otros especialistas en esos temas:
[…] Se estima que 500.000 personas fueron declaradas culpables de brujería y murieron quemadas en Europa entre los siglos XV y XVII. Sus crímenes: un pacto con el diablo; viajes por el aire hasta largas distancias montadas en escobas; reunión ilegal en aquelarres, adoración al diablo; besar al diablo bajo la cola; copulación con íncubos, diablos masculinos dotados de penes fríos como el hielo, o copulación con súcubos, diablos femeninos. A menudo se agregaban otras acusaciones más mundanas: matar la vaca del vecino, provocar granizadas, destruir cosechas, robar y comer niños. Pero más de una bruja fue ejecutada sólo por el crimen de volar por el aire para asistir a un aquelarre.
[…] Para empezar, vamos a centrarnos en la explicación de por qué y cómo las brujas volaban hasta los aquelarres. [Así lo creían muchos en aquel siglo] Pese a la existencia de un gran número de «confesiones», poco se conoce en realidad sobre historias de brujas auto reconocidas. Algunos historiadores han mantenido que todo el extraño complejo -el pacto con el diablo, el vuelo en escobas y el aquelarre- fue invención de los quemadores de brujas más que de las brujas quemadas. Pero, como veremos, al menos algunas de las acusadas tenían durante la instrucción del proceso un sentido de ser brujas y creían fervientemente que podían volar por el aire y tener relaciones sexuales con los diablos.
La dificultad con las «confesiones» estriba en que se obtenían habitualmente mediante tortura. Esta se aplicaba rutinariamente hasta que la bruja confesaba haber hecho un pacto con el diablo y volado hasta un aquelarre, y continuaba hasta que la bruja revelaba el nombre de las demás personas presentes en el aquelarre. Si una bruja intentaba retractarse de una confesión, se la torturaba incluso con más intensidad hasta que confirmaba la confesión original. Esto dejaba a una persona acusada de brujería ante la elección de morir de una vez por todas en la hoguera o volver repetidas veces a la cámara de tortura. La mayor parte de la gente optaba por la hoguera. Como recompensa por su actitud de cooperación, las brujas arrepentidas podían esperar ser estranguladas antes de que se encendiera el fuego.

Voy a describir un caso típico entre los centenares documentados por el historiador de la brujería europea, Charles Henry Lea. Ocurrió en el año 1601 en Offenburg, ciudad situada en lo que más tarde se llamaría Alemania Occidental. Dos mujeres vagabundas habían confesado bajo tortura ser brujas; cuando se les instó a identificar a las otras personas que habían visto en el aquelarre, mencionaron el nombre de la esposa del panadero, Else Gwinner. Else fue conducida ante los examinadores el 31 de octubre de 1601, y negó resueltamente cualquier conocimiento de brujería. Le instaron a evitar sufrimientos innecesarios, pero persistía en su negativa. Le ataron las manos a la espalda y la levantaron del suelo con una cuerda atada a sus muñecas, un sistema conocido como la estrapada. Empezó a gritar, diciendo que confesaría, y pidió que la bajaran. Una vez en el suelo, todo lo que ella dijo fue «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». La volvieron a aplicar la tortura pero sólo consiguieron dejarla inconsciente. La trasladaron a la prisión y la volvieron a torturar el 7 de noviembre, levantándola tres veces mediante la estrapada, con pesos cada vez mayores atados a su cuerpo. Tras el tercer levantamiento gritó que no podía aguantarlo. La bajaron y confesó que había gozado del «amor de un demonio». Los examinadores no quedaron satisfechos; deseaban saber más cosas. La elevaron de nuevo con los pesos más pesados, exhortándola a confesar la verdad. Cuando la dejaron en el suelo, Else insistió en que «sus confesiones eran mentiras para evitar el sufrimiento» y que «la verdad es que era inocente». Entretanto los examinadores habían detenido a la hija de Else, Agathe. Condujeron a Agathe a una celda y la golpearon hasta que confesó que ella y su madre eran brujas y que habían provocado la pérdida de las cosechas para elevar el precio del pan. Cuando Else y Agathe estuvieron juntas, la hija se retractó de la acusación que involucraba a su madre. Pero tan pronto como Agathe se quedó sola con los examinadores, volvió a confirmar la confesión y pidió que no la llevaran de nuevo ante su madre.

Condujeron a Else a otra prisión y la interrogaron con empulgueras [4]. En cada pausa volvía a confirmar su inocencia. Finalmente admitió de nuevo que tenía un amante demoniaco, pero nada más. El tormento se reanudó el 11 de diciembre después de haber negado una vez más toda culpabilidad. En esta ocasión se desmayó. Le arrojaron agua fría a la cara; ella gritaba y pedía que la dejaran en libertad, pero tan pronto como se interrumpía la tortura, se retractaba de su confesión. Finalmente confesó que su amante la había conducido en dos vuelos hasta el aquelarre. Los examinadores pidieron saber a quién había visto en estos aquelarres. Else dio el nombre de dos personas: Frau Spiess y Frau Weyss. Prometió revelar después más nombres.
Pero el 13 de diciembre se retractó de su confesión, pese a los esfuerzos de un sacerdote que la confrontó con la declaración adicional obtenida de Agathe. El 15 de diciembre, los examinadores le dijeron que iban a «continuar la tortura sin piedad o compasión hasta que dijera la verdad». Se desmayó, pero afirmó su inocencia. Repitió su confesión anterior, pero insistió en que se había equivocado al haber visto a Frau Spiess y Frau Weyss en el aquelarre: «Había tal muchedumbre y confusión que era difícil la identificación, especialmente por cuanto todos los presentes cubrían sus caras lo más que podían». Pese a la amenaza de nuevas torturas, rehusó sellar su confesión con un juramento final. Else Gwinner murió quemada el 21 de diciembre de 1601.

Además de la estrapada, el potro y la empulguera, los cazadores de brujas utilizaban sillas con puntas afiladas calentadas desde abajo, zapatos con objetos punzantes, cintas con agujas, yerros candentes, tenazas al rojo vivo, hambre e insomnio. Un crítico contemporáneo de la caza de brujas, Johann Mattháus Meyfarth, escribió que daría una fortuna si pudiera desterrar el recuerdo de lo que había visto en las cámaras de tortura: He visto miembros despedazados, ojos sacados de la cabeza, pies arrancados de las piernas, tendones retorcidos en las articulaciones, omoplatos desencajados, venas profundas inflamadas, venas superficiales perforadas; he visto las víctimas levantadas en lo alto, luego bajadas, luego dando vueltas, la cabeza abajo y los pies arriba. He visto cómo el verdugo azotaba con el látigo y golpeaba con varas, apretaba con empulgueras, cargaba pesos, pinchaba con agujas, ataba con cuerdas, quemaba con azufre, rociaba con aceite y chamuscaba con antorchas. En resumen, puedo atestiguar, puedo describir, puedo deplorar cómo se violaba el cuerpo humano.
Durante toda la locura de la brujería, toda confesión arrancada bajo tortura tenía que ser confirmada antes de que se dictara sentencia. Así, los documentos de los casos de brujería siempre contienen la fórmula: «Y así ha confirmado por su propia voluntad la confesión arrancada bajo tortura». Pero como indica Meyfarth, estas confesiones carecían de valor al objeto de poder separar las verdaderas brujas de las falsas. ¿Qué significa -se preguntaba- el que encontremos fórmulas como: «Margaretha ha confirmado ante el tribunal de justicia por propia voluntad la confesión arrancada bajo tortura»?

Significa que, cuando confesaba después de un tormento insoportable, el verdugo le decía: «Si pretendes negar lo que has confesado, dímelo ahora y lo haré aún mejor. Si niegas delante del tribunal, volverás a mis manos y descubrirás que hasta ahora sólo he jugado contigo, porque te voy a tratar de un modo que arrancaría lágrimas de una piedra». Cuando Margaretha es conducida ante el tribunal, está encadenada y sus manos tan fuertemente atadas que «manan sangre». A su lado se hallan carcelero y verdugo, y a sus espaldas guardianes armados. Tras la lectura de la confesión, el verdugo le pregunta si la confirma o no.
El historiador Hugh Trevor-Roper insiste en que se realizaron muchas confesiones a las autoridades públicas sin ninguna evidencia de tortura. Pero incluso estas confesiones «espontáneas» y «realizadas libremente» deben evaluarse en función de las formas de terror más sutiles de las que disponían examinadores y jueces. Era una práctica establecida entre los examinadores de brujería, amenazar primero con la tortura, después describir los instrumentos que se utilizarían, y finalmente mostrarlos. Las confesiones se podían obtener en cualquier momento del proceso. Probablemente, los efectos de estas amenazas lograron «confesiones» durante la instrucción del proceso que hoy en día nos parecen «espontáneas». No niego la existencia de confesiones verdaderas o de brujas «verdaderas», pero me parece sumamente perverso que los especialistas modernos aborden el empleo de la tortura como si fuera un aspecto secundario en las investigaciones sobre brujería. Los examinadores nunca quedaban satisfechos hasta que las brujas confesas daban nombres de nuevos sospechosos, que posteriormente eran acusados y torturados de una manera rutinaria.
Meyfarth menciona un caso en el que una vieja torturada durante tres días reconoció al hombre a quien había delatado: «Nunca te había visto en el aquelarre, pero para acabar con la tortura tuve que acusar a alguien. Me acordé de ti porque cuando era conducida a la prisión, te cruzaste conmigo y me dijiste que nunca hubieras creído esto de mí. Te pido perdón, pero si fuera de nuevo torturada te volvería a acusar». La mujer fue enviada al potro y confirmó su historia original. Sin tortura no puedo comprender cómo la locura de la brujería pudo cobrarse tantas víctimas, no importa cuántas personas creyeran realmente que volaban hasta el aquelarre. Prácticamente todas las sociedades del mundo tienen algún concepto sobre la brujería; pero la locura de la brujería europea fue más feroz, duró más tiempo y causó más víctimas que cualquier otro brote similar. Cuando se sospecha de brujería en las sociedades primitivas, tal vez se empleen ordalías dolorosas como parte del intento de determinar la culpabilidad o la inocencia. Pero en todos los casos que conozco se torturaba a las brujas hasta confesar la identidad de otras brujas. […]

Por todo ello, y en conclusión, el estudio comparativo de la Inquisición es muy revelador: muestra que en períodos especialmente conflictivos, en un solo año se quemaban en Inglaterra más brujas que ajusticiados por la Inquisición española durante los aproximadamente cuatro siglos de su existencia. Para la sensibilidad y pensamiento de nuestro tiempo tan condenable es lo uno como lo otro; pero respecto a vidas humanas, y a pesar de toda su carga negativa, la Inquisición libró a España de las guerras de religión y de matanzas como las ocurridas en Alemania, Francia, Escocia e Irlanda, que produjeron una ingente cantidad de muertos y un caos civil y social.
Sin embargo, la Inquisición española ha sido tratada con una dureza deformada, crispada y sectaria que ha exagerado sus aspectos más negativos olvidando lo ocurrido en otros países. El mismo Henry Kamen ha calculado que la Inquisición sólo hizo ejecutar al 2 % de los acusados que encausó, lo que vendría a arrojar una cifra de cerca de 1.300 condenados en todo el territorio de la monarquía hispánica, incluidos los Virreinatos de América y de Italia en los casi cuatro siglos que duró; ciertamente hubo más quemados en efigie, o cadáveres, o condenados in absentia, etc. Kamen dice que “cualquier comparación entre tribunales seculares e Inquisición arroja un resultado favorable a ésta en lo que a rigor se refiere”. Si comparamos esa exigua cifra con la de franceses muertos en la matanza de San Bartolomé, resulta cercana; si la comparamos con la de brujas quemadas vivas en Inglaterra y Alemania (300.000), éstas fueron 250 veces más; si lo hacemos con los guillotinados de la Revolución francesa entre 1792 a 1794 (34.000), los revolucionarios la superan con creces; si la relacionamos con los muertos en campos de concentración nazis, o en los comunistas de la Siberia de Stalin, es infinitamente menor; si la cotejamos con los muertos del actual terrorismo islámico (EE.UU., Madrid, Irak, etc.) o el de los judíos en Palestina y territorios ocupados, la cifra se queda demasiado corta.

REFLEXIÓN NECESARIA

Entonces, ¿por qué tiene la Inquisición (española) tan mala fama? Los judíos que la crearon y difundieron, los ingleses, holandeses y franceses que la propagaron durante siglos lo hicieron por ser entonces enemigos de España. Pero también lo hicieron para que, fijándose todos en lo que ellos decían que habían cometido los españoles, nadie prestase atención a lo que ellos mismos cometían y habían hecho en su país y fuera de él. Y lo peor es que, todavía hoy, siguen haciéndolo: las fotos de las cárceles de Irak lo evidencian. Esa mala fama que sus enemigos han atribuido a España es lo que los historiadores españoles denominan “la leyenda negra”, tan arraigada que hasta Spielberg se ha hecho eco de ella.
Por otro lado, también en España se ha dado “el furor de los conversos” de dos maneras. De forma normal, porque los primeros inquisidores eras judíos o procedentes de familias conversas conocidas y notorias, y quizás por probar su fidelidad a la Iglesia católica y a sus dogmas persiguieron con inusitados esfuerzos y dedicación a los que antes habían sido sus hermanos en la religión judía. Pero también de forma inversa: así, el P. Juan Antonio Llorente, que había sido secretario en la sede sevillana de la Inquisición, que luego se secularizó y como afrancesado huyó a París al final de la Guerra de la Independencia, escribió una Historia crítica de la Inquisición española que se publicó en París entre 1817 y 1818 en cuatro volúmenes, así como La Inquisición y los españoles, en las que cargaba las tintas contra “la Suprema”, atribuyéndole la desorbitada cifra de casi 32.000 personas quemadas: hoy nadie acepta esa exagerada cantidad, ni siquiera su más remota posibilidad. Sin embargo, a pesar de todas las calumnias y errores vertidos sobre la Inquisición, los verdaderos historiadores no olvidan el caso de Orfila.
Mateo-José Orfila y Rotger (1787-1853), médico y químico español nacionalizado francés en 1819, luego catedrático de Química en la Sorbona y decano en su Facultad de Medicina, así como presidente del Colegio de médicos, relataba que en su juventud (1805) había ganado en la universidad de Valencia un certamen público sobre Geología; alguien denunció a la Inquisición las ideas sobre la antigüedad del mundo expuestas por él, por lo que tuvo que declarar ante el inquisidor Nicolás Lasso. El mismo Orfila relató aquella entrevista:
«Me encontré delante de un sacerdote de unos cincuenta años, de buena planta y de aspecto majestuoso, de maneras nobles y distinguidas. Pronto me di cuenta de que sus conocimientos y espíritu le colocaban en primera fila de los hombres de la Ilustración. Ayer por la tarde -me dijo- tuvisteis un gran éxito que aplaudo, tanto más cuanto que aprecio a la juventud estudiosa y procuro estimularla con todos los medios de que dispongo. ¿Quién sois? ¿De dónde venís? ¿Qué queréis hacer? De repente, sus amistosas palabras desvanecieron el miedo que tenía y me cohibía en una conversación que podría tener consecuencias desagradables para mí. Le contesté respetuosamente, procurando demostrar que no estaba intimidado. Me preguntó: ¿Es verdad que en la sesión de ayer por la noche, cuando se os preguntó, dejasteis entrever, siguiendo los conocimientos físicos y geológicos que habéis aprendido en los libros franceses, que el mundo es más antiguo de lo que se ha creído hasta ahora, y que al mismo tiempo dejasteis traslucir que vuestras opiniones sobre la creación de tantas maravillas no son completamente ortodoxas? Decidme la verdad. Mi contestación fue clara, de modo que quedó satisfecho. Entonces se levantó y me invitó a entrar en su hermosa biblioteca, señalándome, entre otros libros, las obras completas de Voltaire, de Rousseau, de Helvetius y de otros autores modernos. Para terminar me dijo: Marchaos, joven; continuad tranquilamente vuestros estudios y no olvidéis desde ahora que la Inquisición de nuestro país no es tan rencorosa como se dice, ni se preocupa tanto en perseguir como dice la gente»

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ SANZ

EDITÓ: LUIS OZDEN, luisozden@yahoo.com