lunes, 14 de abril de 2014




ACADEMIA DE HERNÁN CORTÉS, A. C.
“Por la difusión de la verdad histórica”






CONCIENCIA HISTÓRICA HISPANOAMERICANA
REFLEXIONES DIRIGIDAS A LOS ESTUDIANTES DE LA HISTORIA

Considero que, el ser humano, para ser tenido como tal, para conducirse de acuerdo a la misión encomendada por el Creador, debe tener conciencia del lugar que ocupa sobre la tierra, de su entorno geográfico y de porqué ha llegado ahí.
Primeramente, el hombre, debe considerar su fe religiosa, dado que toda sociedad humana, naturalmente, llega a tener alguna creencia en la divinidad. No ha existido sociedad humana, desde el alba de los tiempos, que haya sido atea. Los ateos son algunos individuos aislados que en sus elucubraciones intelectuales se pronuncian agnósticos o ateos. Pero los grupos humanos, aún los más primitivos siempre se han conformado alrededor de alguna deidad.
Con mayor razón las sociedades mas elaboradas, han llegado a comprender mejor la relación de sus miembros con el Creador del Universo,  es entonces, cuando aparece la religión o la creencia religiosa de los componentes de esa sociedad. Los individuos  sabrán  lo que creen y por tanto, tendrán  conciencia religiosa.
En segundo lugar, el hombre, conocerá la cultura a que pertenece, es decir, la que vive cotidianamente: el idioma que modela su pensamiento, y sus costumbres que lo caracterizan y lo distinguen de las otras sociedades. El conocimiento de lo anterior le proporcionará, conciencia cultural.  
Ahora bien, a partir de estas dos actitudes conscientes, la fe religiosa y la cultura; teniendo en cuenta los sucesivos acontecimientos en el tiempo; formará  su historia, que bien aprendida,  le dará la conciencia histórica.
Apoyándonos en las anteriores premisas y contemplando la realidad de las naciones hispanoamericanas, podemos definir que nuestra Conciencia religiosa está en el cristianismo católico, que nuestra Conciencia cultural está en el Hispanismo o  Hispanoamericanismo, (si se entiende a la cultura española modificada por la realidad del continente americano), ya que nuestro idioma es el español, nuestros nombres y apellidos son mayoritariamente españoles, y por ser nuestras costumbres básicamente hispánicas.
Entendido lo anterior, debemos colegir que nuestra Conciencia histórica deberá estar nutrida por los acontecimientos más importantes que crearon y conformaron a Hispanoamérica, añadiendo a esta conciencia, las posibilidades de contribuir al engrandecimiento y perfección de nuestro entorno nacional.
Cuando estudiamos la historia hispanoamericana, nuestra Conciencia Histórica nos obliga a adecuar nuestro ser contemporáneo al momento de la Conquista militar y espiritual del Nuevo Mundo; a las ideas y acciones que se tomaron desde las últimas décadas del siglo XV y las primeras del siglo XVI.
Ser consciente de nuestra historia, es tratar de entender aquella gesta única, despojarnos de los prejuicios tan comunes hoy en día como son: el subjetivismo protestante, el romanticismo decimonónico, el pernicioso indigenismo, el materialismo dialéctico y el pragmatismo económico que ensombrecen la mente de casi todos los pensadores e investigadores contemporáneos, principalmente los que se refieren a la historia de la Conquista española.
Tener Conciencia Histórica Hispanoamericana es dejar de lado la perniciosa Leyenda Negra impulsada por los protestantes anglosajones contra España, Hispanoamérica y la Religión Católica.
Nuestra Conciencia Histórica nos revela, también, que a pesar del paso de los cinco siglos que nos separan de los actores de la epopeya conquistadora, nos une con ellos, el hilo conductor de la misma religión y de la misma cultura.
Es por esto, que no nos es difícil encofrarnos en personajes como Hernán Cortés y sus capitanes, en fray Toribio de Benavente y los evangelizadores, en Bernal Díaz del Castillo y los numerosos cronistas que dejaron sus memorias de aquel acontecimiento.
 Hay que ser consciente que con la Conquista y los tres siglos del Virreinato, los nativos americanos fueron arrancados de su oprobioso paganismo carente de toda caridad para con sus semejantes, de su aislamiento milenario, de su atraso neolítico, y fueron puestos en la corriente de la civilización cristiana a diferencia de lo que hicieron los colonizadores protestantes, quienes en las regiones donde se asentaron, eliminaron sin más, a las poblaciones nativas.
Está claro que entre los conquistadores hubo actos heroicos, edificantes, caritativos y sombríos, características, todas estas, inherentes al ser humano, qué el choque que se produjo causó perjuicios materiales a los pueblos conquistados; también es evidente que  España en su conjunto se despobló de sus mejores hijos, de los más valientes, de los más emprendedores de los que se atrevieron a cruzar el océano tormentoso sin miedo a la muerte. 
Con la Conquista española del siglo XVI comenzaron a nacer nuevas sociedades construidas sobre tierras y pueblos dispares. Con la Conquista española se ensanchó el mundo occidental poniendo los fundamentos de nuevas naciones afines a la gran cultura mediterránea greco-latina.
La gran mayoría de los españoles que participaron en la Conquista del siglo XVI se quedaron para siempre en los territorios americanos y mezclaron su sangre con los nativos  formando razas nuevas, producto de esa Conquista.  De los cientos de miles que se asentaron en el continente a lo largo de trescientos años, los hispanoamericanos contemporáneos somos sus descendientes.
Durante tres siglos, el IMPERIO ESPAÑOL CATÓLICO  englobó a individuos de todas las razas humanas bajo una misma religión,  un mismo idioma y una misma manera de afrontar la vida.
La conciencia histórica de ser mexicano, centroamericano o sudamericano, el sentirse nacional de cada uno de los países que componen nuestro orbe hispanoamericano es resultado de la Conquista española del siglo XVI y de los trescientos años de Virreinatos que duró el Imperio Español en América y en las Islas Filipinas del Asia. Ni siquiera la independencia que dio nacimiento a nuevas entidades políticas en el siglo XIX nos ha distanciado; muy por el contrario, nos ha hecho conscientes de formar, junto a España, la Hispanidad , es decir: La nueva Cristiandad Hispánica.
Por lo tanto, la Conciencia Histórica Hispanoamericana nos obliga a reconocer que existe una continuidad cultural y también genética, entre los hispanoamericanos actuales y los habitantes de la Península Ibérica: la misma religión, iguales nombres y apellidos, el mismo idioma castellano, costumbres y afinidad mental, salidos todos, de la cultura romana original. En cambio, esa continuidad cultural con los pueblos nativos anteriores a la Conquista que se percibe principalmente en la comida diaria y en el hablar de ciertos grupos bilingües, queda solamente en los países donde abunda la población autóctona y mestiza.
Antes de la Conquista española, en el continente americano, existían innumerables tribus muy diferentes entre ellas;  los nativos americanos eran de aspecto somático distinto, lenguas y costumbres dispares, enfrentados todos por constantes guerras tribales. Sin conciencia cultural alguna, sin conciencia religiosa, ni mucho menos conciencia histórica ni de nación. Sus creencias metafísicas eran paganas e idólatras y sus ritos sangrientos.
Los recuerdos se concretaban en tradiciones orales, por carecer de signos gráficos que conservaran su memoria, pues carecían de escritura. Para ellos, el mundo estaba circunscrito a  los reducidos territorios que podían caminar a pie enjuto, sin conocimiento de la rueda y sin bestias de carga que les ayudaran en sus recorridos.
Los nuevos cultivos de plantas y animales llegados África, Medio Oriente y Europa enriquecieron la dieta pobre, monótona y falta de muchas vitaminas de las que carecían los nativos. Las grandes mayorías estaban mal alimentadas, a tal grado que las inevitables enfermedades nuevas hicieron estragos, diezmando millones de almas en todo el continente. 
En cuanto a la parte técnica de las culturas autóctonas americanas hay que destacar que sus grandes construcciones no pasaban de ser acumulaciones de materiales tales como piedras y tierra que constituían la arquitectura de los emplazamientos de las tribus más cultas. Las cubrían con grandes monolitos que representaban diversos aspectos de sus teogonías. Algunas de esas construcciones alcanzaban impresionante tamaño y las terminaban con enlucidos de cal pintada a colores. Sin embargo  no conocían la función del arco y la bóveda, para salvar grandes espacios. Respecto a los pueblos que se asentaron a orillas de las zonas lacustres, o en la orilla de los mares, nunca se les ocurrió dotar a sus canoas construidas por troncos ahuecados, de remos ni de velamen  que les facilitara la navegación.
Con la Conquista, Evangelización y Poblamiento de América, los pueblos autóctonos saltaron literalmente, de la cultura neolítica al Renacimiento. Y de las prácticas sociales bárbaras sin caridad alguna hacia el prójimo, entraron en la civilización cristiana de un golpe, por medio del Bautismo y la Doctrina.
Los 15 siglos que necesitó Europa para civilizarse, a los indios americanos les tomó menos de trescientos años.
España, a diferencia de las otras naciones colonizadoras, como Inglaterra, Holanda y Francia, fue la única potencia que se volcó en América, que se integró con el mundo conquistado, elevando a los primitivos pueblos autóctonos, hasta su altura humanista. Con lo cual demostramos la mayor importancia de lo cultural sobre lo racial o genético.

Ya desde el momento de la Conquista, desde el siglo XVI, España en conjunto: Corona, Jerarquía eclesiástica y pueblo en general, repetimos, fue la única nación que permitió la crítica más acerba de su dominación ultramarina, demostrando con esto su verdadero humanismo cristiano. Desde el mero principio, la Corona Española dio categoría de Reinos a sus posesiones y los administró como Provincias de Ultramar.

ALGUNAS REFLEXIONES PARA LOS LECTORES  DEL TEXTO SOBRE LA CONCIENCIA HISTÓRICA.
Para el hispanoamericano actual, las culturas prehispánicas son tan ajenas como para cualquier individuo de cultura mediterránea. Quedando el estudio de éstas solamente para la Arqueología.
La juventud actual comienza a vivir el tercer milenio en el estado de confusión histórica en que vive la sociedad contemporánea, todo esto es resultado de la deformación intelectual provocada por trescientos años de Liberalismo en todos los órdenes: Social, económico, político y religioso. Los jóvenes carecen de Conciencia Histórica. Por falta de estudio e investigación de la Verdad Histórica. Solamente revestidos de los tres aspectos de la Conciencia Histórica: espiritual, moral y cultural, con su criterio bien formado, podrán afrontar con ventaja el estado de confusión en que viven los pueblos del tercer milenio. El hombre hispanoamericano de la actualidad debe ser consciente de su pertenencia a un orbe de 19 naciones hermanadas por una misma CONCIENCIA HISTÓRICA.
LUIS OZDEN




VARIOS CONCEPTOS FILOSÓFICOS
A partir de los siglos XVII y XVIII, principalmente, los pensadores y filósofos del norte de Europa dirigieron exageradamente sus ideas por el camino de las ciencias físicas, alejándose de la metafísica.
El hombre por el solo hecho de serlo, sea religioso o no, debe equilibrar su pensamiento entre lo físico y' lo espiritual. Solamente así estará en condición de no extraviarse intelectualmente.
Cuando se investigan los hechos históricos y se busca la Verdad, se debe estar alerta para evitar caer en ciertos prejuicios, a veces involuntarios, porque casi siempre son el resultado de una formación intelectual defectuosa.

Cuando hablamos de "Subjetivismo protestante" nos referimos a la forma de pensar adquirida por los seguidores del Libre Examen. La libertad sin trabas en cuanto a la religión, imaginando su propia relación con Dios, es decir; utilizando para ello el intelecto o la emoción, de aquí la formación de múltiples sectas. El Subjetivismo es contrario al Objetivismo, siendo éste la realidad de la vida por el conocimiento de nuestros cinco sentidos y por la Razón Natural, mientras que el subjetivismo es el conocimiento de acuerdo con "mi sentir y mi opinión".
Cuando hablamos del "Romanticismo" nos referimos al movimiento filosófico que los pensadores alemanes pusieron en boga desde finales del siglo XVIII y que tuvo su apogeo en todo el siglo XIX, sobre todo en la Literatura y el, Arte. Es la deformación del conocimiento de la realidad objetiva (los hechos de la vida) por medio del sentimiento y de la opinión personal.
Cuando hablamos del "Pernicioso indigenismo" nos referimos a la idealización de los pueblos antiguos, principalmente paganos, atribuyéndoles cualidades que nunca tuvieron en religión, ciencia, filosofía, técnica, tradiciones, salud, etc. etc. Otra vez, se trata de la deformación de la Historia y la Arqueología por razones de partido y de opiniones seudocientíficas.
Cuando hablamos del "Materialismo dialéctico" nos referimos a la dialéctica naturalista expuesta en el siglo XIX por Karl Marx y Federico Engels en Inglaterra. Y cuyos principios materialistas han sido seguidos por los filósofos e historiadores comunistas aplicándolos a la Historia y la Arqueología.
Cuando hablamos del "Pragmatismo Económico" nos referimos a la corriente filosófica que nació a fines del siglo XIX en U.S.A. y que muchos historiadores la emplean para hacer sus juicios. Tal o cual hecho histórico se entiende, solamente por la conducta económica del momento en cuestión.
Los anteriores conceptos filosóficos que hemos definido están presentes, en distinta proporción, en el pensamiento y juicio de la mayor parte de los intelectuales contemporáneos; sobre todo los filósofos, historiadores, arqueólogos y profesores de las Universidades, que consciente o inconscientemente comunican esas deformaciones mentales a sus alumnos.
Por lo tanto, la sociedad actual está infectada de Subjetivismo porque responde al ambiente que el llamado "Globalismo" o "Mundialismo" ha venido imponiendo en la mente de las últimas cinco generaciones de habitantes. De éstos solamente una exigua minoría se sale de ese patrón, minoría pensante, de acuerdo al equilibrio de que hablamos al principio de estas reflexiones; equilibrio entre el conocimiento físico y el espiritual.
LA BÚSQUEDA DE DIOS, MIENTRAS VIVIMOS SOBRE LA TIERRA.

Luis G. Pérez de León Rivero.
Enero-Febrero de 2014
Editó: LUIS OZDEN

sábado, 5 de abril de 2014

MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI




MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI
Fundador de Hispanidad en nuestro lejano Occidente
Una proeza que aconteció hace 450 años.

Al hojear uno de los libros de Historia que edita la Secretaría de Educación Pública, de distribución gratuita para el segundo curso de educación secundaria de los alumnos mexicanos (Cuchí III Espada, Víctor Manuel, Historia I) edición de 2013, en su mapa 1.6 de la página 31, hace mención de grandes travesías marítimas del siglo XVI. Me sorprendió que desconoce, ni siquiera esboza la ruta de la mayor hazaña de esa centuria, llevada a cabo para dominar el entonces llamado Mar del Sur –el Océano Pacífico–, que fue salir de las costas mexicanas al continente asiático y su regreso exitoso.

Es así como con ignorancia o por mala fe de los educadores de la juventud, se menosprecia, se empequeñece nuestra herencia de grandeza, para dar lugar a enaltecer a piratas, filibusteros y corsarios anglos, holandeses y franceses, que asolaron y saquearon puertos y ciudades de la América hispana y se posesionaron de numerosas regiones insulares y de tierra firme, por ejemplo, para no ir tan lejos, Belice.

La Nueva España ideada por Hernán Cortés, no podía quedar estática en tierra firme, le preveía mayores horizontes. En todo lo largo de su costa, donde se ocultaba el sol, en el inexplorado Mar del Sur de Vasco Núñez de Balboa, se abría un amplio espacio para cimentar los ideales de la Hispanidad en regiones ignotas.

Fernando de Magallanes zarpa de San Lucas de Barrameda en septiembre de 1519, para rodear el continente americano y buscar la ruta para llegar a Las Molucas, islas de la Especiería, que aseguraba pertenecían a España y no a Portugal. Después de una azarosa travesía, la flota logra a más de año de su salida de España, encontrar el paso buscado –el estrecho que lleva su nombre– y contemplar el mar que por la calma de sus aguas llamaría Pacífico. Al cabo de otros penosos cien días de travesía llegaron a la isla de Guam, en el archipiélago de Las Marianas, esto sucedía el 7 de marzo de 1521; navegaron otros diez días y llegaron a la isla de Samar, del archipiélago que denominaron San Lázaro y que posteriormente sería llamado De las Filipinas, en honor al entonces Príncipe de Asturias y después rey, Don Felipe. En la isla de Cebú, Magallanes tuvo un enfrentamiento con los nativos, que le llevó a la muerte. La flota que al mando de Juan Sebastián Elcano, quien completa el primer viaje de circunnavegación del globo terráqueo, el 6 de septiembre de 1522; había trascurrido casi tres años cabales desde su salida en el mismo puerto al que arribaron.

Apenas dos meses después de la llegada de Elcano, el emperador don Carlos ordenó organizar otra expedición que seguiría la misma ruta de Magallanes. La puso al frente de frey García Joffre de Loaisa y como Piloto Mayor, Elcano, quien llevaba como asistente a un joven vascuence que no cumplía aún dieciocho años, oriundo de Villafranca de Ordizia: Andrés Ochoa de Urdaneta y Cerain. Siete navíos zarparon de La Coruña en 1525. De ellas sólo cuatro desembocaron en el Mar Pacífico. En la travesía murieron Loaisa y Elcano. Fracasada la empresa, los sobrevivientes, Urdaneta uno de ellos, quedaron en Las Molucas. El patache Santiago, dirigido por Santiago de Guevara, perdido, se desprendió de esa flota y costeando logró llegar a Tehuantepec. Sorprendido de ese arribo, les recibió el gobernador nombrado por Cortés, quien les indicó que acudieran a entrevistarse con él. Así fue como los náufragos llegaron a la ciudad de México al mediar agosto de 1526 y relataron a Cortés lo acontecido. Providencialmente, Cortés con su visión de grandeza, había iniciado en Zacatula (hoy puerto Lázaro Cárdenas, en Michoacán), la construcción de tres naves para explorar las costas del Mar del Sur, pero el rey Don Carlos, le ordenó que esas carabelas salieran para auxiliar a los navegantes que estaban en Las Molucas. De inmediato, Cortés obedece la orden real y organiza la armada que pone al mando de su primo Álvaro de Saavedra Cerón, flota que salió de Zihuatanejo el primero de noviembre de 1527. Llegaron a Tidore, donde los castellanos náufragos de la expedición de Loaisa, combatían contra los portugueses. Allí se encontraba aquel Urdaneta. Al tratar de regresar a Nueva España, fracasó la expedición de Saavedra luego de dos intentos frustrados; en el primero de ellos descubrió la Nueva Guinea. Ese grupo de españoles que permanecían abandonados en esas islas, pudieron regresar a la Península, donde arribaron a Lisboa al mediar 1536. Fue así como Urdaneta, el ya experimentado hombre mar, fue el segundo humano en dar la vuelta al mundo. Habían transcurrido once años desde su salida del puerto gallego.

Pedro de Alvarado y Contreras, el Adelantado de Guatemala, regresó a España en 1538, donde conoció e hizo amistad con Urdaneta, quien le relató sus aventuras marinas y le persuadió para organizar una expedición al Mar del Sur. Con ese ánimo, Alvarado lo invitó para formar parte de esa empresa, que Urdaneta aceptó sin más  y así fue como se embarcaron rumbo al Nuevo Mundo. En efecto, Alvarado formó una escuadra con once navíos que salió de Centroamérica y costeando llegó al puerto de La Purificación en Jalisco, para tomar bastimentos y reclutar más soldados. Un suceso inesperado le sorprendió: L a rebelión de El Mixtón; para sofocarla, Cristóbal de Oñate pidió el auxilio de la tropa de Alvarado, quien  murió a consecuencia de un accidente en plena campaña. Así fue como quedó inconclusa esa pretendida incursión a las islas del poniente.

Urdaneta se quedó a residir en Nueva España, donde el virrey Mendoza le concedió los cargos de corregidor en la provincia de Ávalos (Una región entre las hoy estados de Colima y Jalisco) y de visitador en ´pueblos comarcanos a su corregimiento.

En plena madurez, a sus 45 años, este, repito, rudo y experimentado hombre de mar, quien había afirmado que “…hasta con una carreta podría yo regresar de las islas del Poniente…”, abandonó riquezas y honores mundanos e ingresó en la Orden de San Agustín, donde profesó en su convento de la ciudad de México en 1553.

Hasta aquí dejo este casi obligado preámbulo para dar paso a la semblanza de López de Legazpi.

Gobernaba Nueva España el segundo virrey don Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, quien al conocer las proezas del veterano marino y fraile, propuso a Felipe II organizar una nueva empresa, esa ya de conquista de las islas españolas allende el Mar del Sur. El rey sin más acepto la idea de Velasco y le ordenó enviar “…dos naos del porte y manera y con la gente que allá pareciere, los cuales enviéis al descubrimiento de las islas del Poniente hacia las Molucas, que procuren traer alguna especiería para hacer el ensaye de ella y se vuelvan a esta Nueva España para que se entienda si es cierta la vuelta…”.

A fray Andrés le escribió el monarca desde Valladolid, en esa misma fecha:

“Yo he sido informado que vos, siendo seglar, fuiste en el armada de Loaysa y pasastes al Estrecho de Magallanes y a la Especiería. Donde estuvisteis ocho años en nuestro servicio. Y porque agora Nos habemos encargado a Don Luis de Velasco, nuestro visorrey que envíe dos navíos al descubrimiento de las islas del poniente hacia las Molucas…y porque según la mucha noticia que diz que tenéis de las cosas de aquella tierra y entender, como entendéis bien, la navegación, della y ser buen cosmógrafo, sería de gran afecto que vos fuedeses en los dichos navíos, así para lo que toca a la dicha navegación, como para el servicio de Dios nuestro Señor…”. Previa consulta con su superior, fray Agustín de la Coruña, Urdaneta aceptó la propuesta del rey contestó al rey, el 28 de mayo de 1560:

“Según mi edad que pasa de 52 años y falta de salud que de presente tengo y los muchos trabajos que desde mi mocedad he pasado, estaba necesitado de pasar lo que me resta de vida en quietud, pero considerando el gran celo de Vuestra Majestad para todo lo que toca al servicio de Nuestro Señor Dios y aumento de la santa fe católica, me he dispuesto para los trabajos de esta jornada…”

Estaba lograda la magna empresa; pero ¿Quién la comandaría militarmente? Interrogante que resolvió Urdaneta, al sugerir al virrey a un paisano suyo, quizá su pariente, un hombre de calidad noble con más de sesenta años, a la sazón alcalde mayor de la ciudad de México: Miguel López de Legazpi y Gurruchategui.


Don Miguel había emigrado a Nueva España desde 1528 y era viudo de doña Isabel Garcés y Castejón, hermana que fue del primer obispo de Tlaxcala, fray Julián Garcés, O. P. y padre de nueve hijos, cuatro varones y cinco hembras. Hombre culto, que gozaba de buena posición económica y encumbrada clase social, mas nunca en su vida había participado en acciones castrenses, aunque siempre tuvo “…su casa poblada con criados, armas y  caballos…”

El virrey, hombre de reconocidos méritos como gobernante, “Padre de los Indios” le llamaban, aceptó la propuesta de Urdaneta y escribió al Rey en los primeros días de 1561:

“…Y para caudillo y principal de la gente ha de ir con ellos [se refiere a los navíos] que serán de doscientos a trescientos hombres, entre soldados y marineros y gente de servicio he señalado a Miguel López de Legazpi, natural de la provincia de Lepuzcoa (sic), hidalgo notorio de la casa de Lezcano….y de los cargos ha tenido y negocios de importancia que le he cometido, ha dado buena cuenta, y a lo que de su cristiandad y bondad hasta ahora se entiende no se ha podido elegir perdona más conveniente y más a contento de fray Andrés de Urdaneta, que es el que ha de gobernar y guiar esta jornada, porque son de su misma tierra y deudos y amigos y conformarse han…”

Los Legazpi era una familia antigua de Guipúzcoa, que estableció sus lares en la villa de Zumárraga, donde erigió la casa–torre de Legazpi-Jaúregui. Don Miguel nació hacia1503. No se ha logrado definir donde y como realizó Miguel sus estudios, básicamente de Jurisprudencia, que le llevaron a ocupar el cargo de concejal en el ayuntamiento de su natal Zumárraga en 1526 y de escribano, como su padre, en la alcaldía mayor de Ariria al año siguiente.

Para el 19 de enero de 1530, se le recibió en el ayuntamiento de la ciudad de México como escribano del cabildo, quien le otorgó una huerta y un solar. El virrey Antonio de Mendoza le mercedó al noreste de la recién fundada Valladolid, en términos de Tarímbaro, Zinapécuaro e Indaparapeo, un sitio de ganado mayor y una caballería y media de tierras (unas 1800 hectáreas). Según apunta Juan Suarez de Peralta, en su Tratado del descubrimiento de las Indias, López de Legazpi tuvo la responsabilidad de la tesorería de la Casa de Moneda y como letrado culto, fue uno de los primeros alumnos de la recién fundada Real Universidad de México.

Ordenada la expedición por el Rey, fue elegido el puerto de La Navidad para construir las naves. Una pléyade de carpinteros, herreros, aserradores, calafateros y peones de todas calidades se distribuían los trabajos; con gran celeridad y honradez se manejaron los caudales enviados de España, aún el propio Legazpi hubo de sufragar los gastos, para lo cual vendió sus propiedades, excepto su casa solar de la ciudad capital del virreinato.

Por fin, la salida se dispuso para el mes de octubre siguiente. Se cargaron las naves con bastimentos para la esperada larga travesía: tocinos, barriles de aceite, cecinas, quesos, pescados ahumados, toneles de vinos generosos, maíz, frijol, arroz, garbanzo, yuca, pan cazabe, pasturas y forraje para los animales vivos que se transportaban. Herramientas para reparar averías de las naves, hachas, redes, anzuelos; lanzas rodelas, picas, espadas, ballestas y armas de fuego, trabucos y mosquetes. Agujas magnéticas, sextantes, astrolabios, planos, libros de bitácora. Al final, se embarcaron los abastos vivientes, caballos, reses, cerdos, cabras, ovejas y gallinas de Castilla y de la “tierra” (léase guajolotes). El general almirante, de seguro aconsejado por Urdaneta, no omitió proveerse de libros de navegación. Selectos pilotos y capitanes al frente de cada navío.

Así llegó el 19 de noviembre de 1564. En la playa, el altar de campaña para la celebración del Sacrificio Eucarístico. El general almirante y toda la tripulación lucen sus mejores galas. El alférez ondea el pendón de Castilla y según se ha relatado, la imagen de Santa María de Guadalupe del Tepeyac que acompaña a Urdaneta, preside la ceremonia. Aquellos casi cuatrocientos valientes, rodillas en tierra, imploran la protección del Altísimo para la magna empresa que están por iniciar. Sobre el libro de los Evangelios, Legazpi y toda su oficialidad juran guardar fidelidad a Dios y a su Rey. Como recuerdo quedó en La Navidad la gran Cruz a cuya sombra tuvo verificativo ese espectacular e inolvidable acto. El municipio de Cihuatlán, al cual pertenece el puerto, la inmortaliza en su escudo de armas, una cruz de gules sobrepuesta a sus cuatro cuarteles.

En ese momento solemne, aquellos novohispanos, lo mismo peninsulares que criollos, mestizos, indios, negros y mulatos, ignoraban que daban comienzo a una de las más trascendentes proezas del género humano: dominar marítimamente el hoy océano Pacífico y por si fuera poco, legar a Nueva España, a nuestro México, un episodio de grandeza, nunca más ni siquiera igualado.

El trabajo e intelecto de multitud de desconocidos obreros mexicanos fueron los artífices de aquellos navíos, como mexicanos eran los caballos, las reses, los cerdos, gallinas y guajolotes, frutas, gramíneas y leguminosas, petates, ixtles y algodón, monedas recién troqueladas en la Casa de Moneda; todos ellos abastecieron la travesía. ¿Por qué desconocer, que fructificaba nuestra nación fundada por Hernán Cortés cuarenta años antes?

En las primeras horas del día 21 de noviembre, izaron velas y levaron anclas, la nave San Pedro, la capitana seguida de la fragatilla, el buque almirante San Pablo, el patache San Lucas y el galeonete San Juan.

El 27 de abril de 1565 fondearon en la rada de la isla de Cebú. Los indígenas los recibieron con hostilidad. Ante la negativa de acudir su cacique de nombre Tupas en son de paz al llamado de Legaspi, se vio obligado a desembarcar dos compañías de arcabuceros que fueron ferozmente atacados hasta que entró en juego la artillería y espantados los nativos quemaron su aldea y huyeron al monte. Al registrar las casas que quedaban en pié, salvadas del incendio, halló un marinero vizcaíno de nombre Juan Camus, una imagen del Niño Jesús en una caja amarrada con una cuerda de cáñamo, llevada por Hernando de Magallanes y que fue regalo de Antonio de Pigafetta a la reina de Cebú, esposa del cacique Carlos de Habamar, que se convirtió al catolicismo. Al llevarla frente a Legazpi, cayó de rodillas ante el Niño Jesús y le pidió lo alumbrara y encaminara de manera que todos sus actos fueran a honra y gloria de su Nombre y ensalzamiento de la Fe Católica.


Al otro día, mandó construir una pequeña capilla donde colocar esa imagen, la que fue llevada en procesión por los religiosos. Es en ella donde Urdaneta, depositó también la imagen guadalupana que llevaba consigo (imagen destruida por el bombardeo yanqui en 1898). Con posterioridad, se levantó un fuerte de madera, al que constantemente atacaban los aborígenes con sus flechas envenenadas. Por fin el 8 de mayo, Legazpi procedió a fundar un incipiente poblado. Al centro quedaban la capilla y el fortín. Los indígenas, poco a poco, se acercaron a la nueva fundación, confiados en las palabras amistosas del general Legazpi y se dice, atraídos por la seductora bondad que expresaba la imagen guadalupana.


En acatamiento a los reales mandatos, una vez reparada la nave capitana San Pedro, Legazpi dispuso una de más de sus trascendentes decisiones: dar inicio al tornaviaje. Es decir, regresar a Nueva España. Con doscientos hombres a bordo y mandada por Felipe de Salcedo y Legazpi (su nieto), bajo la sabia dirección náutica de fray Andrés de Urdaneta, zarpó la nave la mañana del primero de junio de 1565. Era portador de cartas dirigidas a Felipe II, donde avisa de su llegada a las islas del Poniente, otra firmada además por sus acompañantes sobre la necesidad de ayuda y donde alaban la labor de Urdaneta, pidiendo su retorno, así como una Relación de la situación de las islas y calidad y condiciones de los naturales. Cuatro meses duró la travesía, escorbuto, hambres, padecieron los tripulantes y tropa. El lunes ocho de octubre llegaban a Acapulco. Por fin estaba consumada la vuelta tanto ambicionada.

Se iniciaba un periplo que daría a Nueva España, que es México, una singular conformación que aún perdura: social, económica, costumbrista, gastronómica, artística, forjada durante un cuarto de milenio de continúo intercambio con el continente asiático.


No es el caso en este artículo de citar todos los incidentes que acontecieron en la conquista del archipiélago filipino. Aborígenes, mahometanos y portugueses ofrecieron resistencia, mas la prudencia y experiencia de López de Legazpi, salvaron sangrientos enfrentamientos. Legazpi, como lo había hecho Cortés, llamaron siempre a la concordia, nunca a las acciones de armas, salvo cuando les fue forzoso accionar pólvora y aceros. Felipe II le nombró Gobernador de Cebú, Adelantado y Gobernador
Al cabo de casi seis años de conquistas pacíficas, sin masacres, el 24 de junio de 1571, Legazpi fundó la ciudad de Manila.

Víctima de un ataque cardiaco, falleció en la pobreza, este ínclito cristiano, valiente capitán, honesto gobernante, que entregó su saber y su vida por la gloria de la Hispanidad, el 20 de agosto de 1572. Sus restos reposan en el convento agustino de la ciudad que fundó.



Mis lectores preguntarán: ¿todo este “rollo”,tiene algo que ver con Tianguistenco?

Al parecer nada, pero les respondo:

1.- Trascendencia económica:

La ansiada tornavuelta de Asia a las costas de América, fue la máxima proeza marítima del siglo XVI a nivel mundial. Con ella, Nueva España –México– mercadeó con China, con la India, con Ceylán, durante más de 200 años. Hubo un imponderable intercambio cultural, comercial, folklórico. Una o dos veces cada año desde 1565 a 1813, llegaba a Acapulco la nao de China, con productos asiáticos. Se organizó la arriería para trasportar esas mercaderías, y Tianguistenco fue paso casi obligado de las recuas que se dirigían desde Acapulco al interior de Nueva España y de su regreso, con productos de esas regiones que se enviarían a Las Filipinas. Como reminiscencia, queda la Danza de Arrieros en todos los pueblos de nuestra región.

2.- Presencia genealógica:

2.1.- Miguel López de Legazpi dejó ilustre progenie en Nueva España. Su hijo Melchor fue heredero del título de Adelantado de Filipinas. Casó en 1572 con doña Luisa de Albornoz y Acuña. Su nieta, IV Adelantada de Filipinas, doña Luisa de Albornoz y Legazpi fue esposa desde el 31 de marzo de 1639, del segundo Conde de Santiago de Calimaya, por quienes sus herederos a ese título de Castilla, también usufructuaron el Adelantamiento de Filipinas. Como es de sobra conocido, los condes de Santiago de Calimaya, Adelantados de Filipinas, fueron los propietarios de la hacienda de la Purísima Concepción de Atenco hasta su venta, en 1878 a don Rafael Barbabosa y Arzate.

2.2.- Margarita, hija de Miguel López de Legazpi, fue esposa del conquistador Gaspar de Garnica, acompañante de Cortés en sus incursiones al Pánuco y Las Hibueras; tuvo la encomienda de Tlacotepec en el Valle de Toluca, donde además fue dueño de una estancia, que años después poseyó don Felipe de la Cruz Manjárrez. Tuvieron tres hijos: Gaspar, heredero de sus encomiendas, Ana, esposa de Francisco de Olmos e Isabel.

Viuda, doña Margarita casó con don Julián de Salazar, hijo de Sancho Guillarte y de Catalina Gómez de Lona, con él tuvo tres hijos: Baltasar de Salazar, quien murió sin tomar estado y sin descendencia; Juliana, casada con Eugenio de Vargas, con hijos, y doña Inés, mujer de Martín de Olivares, el Primer Correo Mayor de Nueva España.

En Toluca, puedo asegurar que no hubo familia antigua y distinguida que no llegare a entroncar con los Garnica Legazpi o Salazar Legaspi, sean López de Cárdenas, Barbabosa o Cruz Manjárrez (por ejemplo: Alejo de Garcia Legaspi, bautizado en Toluca el 3 de septiembre de 1641, fue hijo de Antonio de Garnica Legaspi y de doña Ana de Yseo). Hasta hoy, no he conseguido asentar documentalmente alguna filiación, pero es casi seguro que hay rastros de la prosapia de López de Legazpi en alguna de las añejas familias tianguistecanas.

Dejo aquí este artículo con la semblanza de Miguel López de Legazpi, quien mediante su arraigada fe católica, con el ejercicio de la caridad cristiana y la diplomacia con pueblos agrestes, además de exhibir  una valentía a toda prueba, logró incorporar al virreinato de Nueva España –vuelvo a repetir, que es México– y al Imperio Español, casi sin derramamiento de sangre ya de nativos, ya de conquistadores, un archipiélago mayor a siete mil islas e islotes, en nuestro lejano oeste, allende del que parecía indómito Mar del Sur.

Un ilustre novohispano por vocación y arraigo, que ha tenido y tiene presencia hasta nuestros días en nuestro Tianguistenco.

Santiago Tianguistenco de Galeana,
en el día de San Felipe de Jesús
 –primer santo mexicano, martirizado en Nagasaki, Japón–,
del año de 2014
Isaac Luis Velázquez y Morales.
Cronista Municipal
Editó LUIS OZDEN 

lunes, 24 de marzo de 2014

Fray Martín de Valencia




Hoy 21 de marzo tenemos una efeméride de oro, porque se trata de recordar en este día, la entrega del alma a Dios Nuestro Señor, de uno de los verdaderos héroes del pueblo católico mexicano. Fray Martín de Valencia fue un hombre santo y por tanto héroe de la evangelización de los paganos del centro de nuestro país.
A pedido de Hernán Cortés al Emperador Carlos, para que se enviaran a la naciente Nueva España, religiosos santos, que dieran con sus obras pías ejemplo a los indios para su cristianización.
Llegaron a la ciudad de México-Tenochtitlán doce religiosos cuyo superior era Fray Martín de Valencia y sus otros once compañeros. Acertadamente, se les ha llamado “Las doce antorchas de la luz de Cristo” o “Los doce Apóstoles de México”.
Eran: Fray Francisco de Soto, Fray Martín de la Coruña, Fray Juan Suárez, Fray Antonio de Ciudad Rodrigo, Fray Toribio Paredes de Benavente (Motolinía), Fray García de Cisneros, Fray Luis de Fuensalida, Fray Juan de Ribas, Fray Francisco Jiménez, lego Fray Andrés de Córdoba, lego Fray Juan de Palos. A quienes Fray Martín de Valencia les había dicho cuando los reclutó: “Vais no alquilados por ningún precio, como otros, sino como verdaderos hijos de tan gran Padre, buscando no vuestras propias cosas sino las que son de Jesucristo….”
El historiador P. Mariano Cuevas escribió de ellos “Este grupo de hombres verdaderamente espirituales serán considerados como los padres de la Iglesia mexicana y se constituirán siempre como verdadera gloria  de la Iglesia y de España”
Fray Martín de Valencia nació en 1474 en la villa de Valencia de Don Juan, Provincia de León, España. Tomó el hábito en el Monasterio de Mayorga de la provincia de Santiago desde donde se dirigió a Portugal. Luego en Belvís edificó el Monasterio de Berrocal, con éste y otras seis casas fundó la Custodia de San Gabriel en 1516, de la cual fue provincial
En 1523 le fue entregado el Breve pontificio de mano del Ministro General de la Orden Fray Francisco de los Ángeles, para pasar a la Nueva España a evangelizar a los indios. Se embarcaron en San Lucar de Barrameda el 25 de enero de 1524. Llegaron a Veracruz el 12 de mayo del mismo año, de ahí, siguieron a Tlaxcala y finalmente llegaron a la ciudad de México en junio de ese año, que ya estaba en plena construcción como ciudad española del Nuevo Mundo. A la entrada los esperaban: Hernán Cortés y sus principales capitanes con el Señor vencido Cuauhtémoc, y sus parientes, ya bautizados cristianos. Estos, se admiraron mucho de la reverencia que les hizo Cortés, quien bajando del caballo, se arrodilló para besar los hábitos raídos y polvosos de los doce religiosos descalzos. El grupo fue alojado con grandes fiestas en el Convento de San Francisco, en esa época, todavía en construcción.
Fray Martín fundó, ese mismo año de su llegada, la Provincia del Santo Evangelio de la que fue doce veces custodio  de 1524 a 1530. También bautizó al Gran cacique de Texcoco Ixtlixóchitl y a sus vasallos. En la carta que escribió al Emperador don Carlos el 17 de noviembre de 1532 le relata que han sido bautizados como un millón doscientos mil nativos. En 1527 estuvo a punto de embarcarse en las naves que Cortés enviaba al Asia en socorro de las armadas perdidas de Magallanes, Loaisa y Elcano. Pero los problemas que suscitaba la fundación de pueblos y doctrinas, no se lo permitieron.
Fray Martín, fue también fundador de la segunda escuela para indios nobles. No pudo aprender las lenguas nativas porque carecía de ese talento pero enseñaba con el ejemplo de su vida. Fundó también el Convento de San Luis de Tlalmanalco.
Era un gran místico. Se retiraba al campo o vivía en cuevas para alejarse frecuentemente de mundo orando en solitario. Se cuenta que cuando elegía un árbol frondoso bajo el cual oraba, venían parvadas de pájaros que lo acompañaban con sus trinos. También solía encerrarse en una cueva cercana al poblado de Amecameca donde había un ídolo a quien los chamanes adoraban. Fray Martín decidió que a base de oraciones cristianas limpiaría la gruta de la presencia del demonio. Después de muchos días  orando, haciendo penitencia y ayunos, salieron los espíritus malignos lanzando grandes gritos. Los neófitos entraron a ver como estaba Fray Martín y se sorprendieron viéndolo orar elevado sobre el suelo. Eligió esa gruta para habitarla por un tiempo.
El 21 de marzo de 1534  vivía en el Convento de Tlalmanalco, ahí se sintió enfermo, sus fieles lo subieron a unas andas y contra su voluntad, lo llevaban a la ciudad de México para su cura. En el pueblo de Ayotzingo lo subieron a una barca para cruzar la laguna, pero sintiéndose fallecer pidió que lo regresaran a la orilla, en llegando se arrodilló, muriendo en oración.
Su cadáver fue sepultado en la capilla mayor del Convento de Tlalmanalco donde se exhibía su cuerpo incorrupto. Los fieles tomaron unas reliquias y las llevaron en peregrinación a la gruta donde el santo fraile oraba. Pero en 1564 Fray Gerónimo de Mendieta visitó el convento; escribió que el cuerpo de Fray Martín de Valencia no aparecía por ningún lado y se ignoraba su paradero.
El Obispo dio permiso para edificar una capilla en cerro del Sacromonte: parte dentro de la gruta y parte fuera. Dentro de la capilla se encuentra la imagen de Cristo yacente que es sacada en peregrinación; al pequeño cerro donde está se le llama el Sacromonte y tiene una explanada con una hermosa Cruz de piedra. Fray Martín de Valencia es por tanto, un héroe del pueblo católico mexicano.

Luis Ozden.

Costa de Occidente.

jueves, 27 de febrero de 2014

EL PRIMER AYUNTAMIENTO MEXICANO



POR MARISA VEGA MIJARES


La expedición de Cortés se inicia en octubre de 1518.
Las instrucciones que llevaba de Diego Velásquez a la sazón gobernador de Cuba eran: nombrar capitanes para los navíos; rescatar unos cristianos que sabía cautivos en Yucatán; asentar en las cartas de los pilotos la situación de los puertos y provincias donde estuvieren; requerir a los indios para la servidumbre real; plantear la conquista pacifica; conocer las creencias religiosas de los indios e informarlos de la religión verdadera; rescatar oro y piedras; no dormir en la tierra y al llegar a Santa María de las Nieves frente a Ulúa, mandar una embarcación con relación de todo lo que se hubiere rescatado. Lo nombra justicia mayor y capitán general de la armada. No se preveía hacer establecimiento alguno. 

Cortés escribió cinco cartas de relación. La primera extraviada, fue escrita en la Villa Rica de la Veracruz y se le ha remplazado con la llamada “Carta del Cabildo” fechada el 10 de julio de 1519. Esta carta dirigida al rey, relata brevemente los principales acontecimientos ocurridos desde su salida de Cuba a mediados de febrero de 1519, hasta su llegada a San Juan de Ulúa y la fundación de la Villa Rica de la Vera Cruz, pues su intención no era solo rescatar, si no también poblar, al tiempo que se niega a regresar con lo rescatado a Cuba para que Diego Velásquez lo goce él solo, pidiendo además que lo destituya del cargo de gobernador. La Carta iba acompañada además con los presentes que les había dado Moctezuma. 

Diego de Coria, su paje de cámara y amanuense, al ser entrevistado por Francisco Cervantes de Salazar para su “Crónica de la Nueva España” casi cuarenta años después de la conquista, recordaría que pasó en julio de 1519, noches enteras escribiendo tanto la carta perdida (1ª.) como la “Carta del Cabildo”. 

Cortés y sus hombres desembarcaron en Chalchicueyacan, cerca de la moderna Veracruz el jueves santo de 1519. Por consejo del piloto Antón de Alaminos se pusieron en la nao capitana los estandartes reales. Dos canoas grandes con indios mexicanos les hicieron saber que eran bien venidos del señor Moctezuma. Desembarcaron al día siguiente el viernes santo de la Cruz en unos arenales altos, e hicieron chozas con ramas y madera para Cortés, capitanes y soldados. El sábado santo llegó gente de Moctezuma, que trajeron hachas y adobaron las chozas de Cortés y los ranchos que más cerca hallaron y les pusieron unas mantas grandes encima. El domingo de resurrección por órdenes de Moctezuma, los embajadores Pinotl (Pitalpitoque) y Tentlitl (Tendile) se presentaron en el real de los españoles acompañados de muchos indios con presentes en joyas de oro, ropa de algodón, pluma y comida, a lo que Cortés correspondió con modestos presentes: cuentas torcidas, una silla de caderas con entalladuras de taracea, unas piedras margarita, un sartal de diamantes torcidos y una gorra carmesí con una medalla de oro de San Jorge. Y les manifestó su intención de entrevistarse con Moctezuma. 

Tentlitl, traía consigo pintores y mandó pintar al natural la cara y cuerpo de Cortés y de todos los capitanes y soldados, a Marina, Aguilar, navíos, velas, caballos, lebreles, tiros, pelotas y todo el ejército y se despidió diciendo que volvería.
Pinotl se quedó mientras tanto en el campamento de españoles en sitio aparte, proveyendo a Cortés y a sus capitanes de comida, a la semana se presentó nuevamente Tentlitl con más de cien indios cargados con más presentes: un disco de oro del tamaño de una rueda de carreta, otra mayor de plata, muchas piezas de orfebrería de oro muy fino, plumas verdes y cargas de ropa de algodón. Y con ellos venía un mexicano que en rostro, facciones y cuerpo se parecía a Cortés.
Volvió a quedar con ellos Pinotl aunque la comida ya no era tan abundante y por tercera ocasión regreso Tentlitl con más regalos: diez cargas de mantas de pluma, piedras verdes llamadas chalchihuis y más piezas de orfebrería y con la advertencia de Moctezuma que no podrían verlo y que no enviaran más mensajeros a México. 

Moctezuma ya tenía conocimiento de hombres blancos y barbados que andaban en casas sobre el agua, desde las exploraciones de Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva, pero al enterarse del desembarco, no podía comer ni dormir sino que estaba triste y suspiraba muchas veces. Envió adivinos para que mirasen si les podían hacer algún encantamiento o hechicería para que enfermasen y muriesen pero ninguna cosa les aprovechó ni tuvo efecto. Mandó llamar a todos los pintores y les rogó le dijesen si sabían alguna cosa, o si sus antepasados les habían dejado alguna relación con pinturas o efigies parecidas a lo que mostraban las imágenes que fueron tomadas por sus pintores. Desde antes de que aparecieran los españoles había pronósticos que le auguraban la pérdida de su reino: resucitó una mujer después de cuatro días; oíanse voces de mujer que decía, ya nos perdemos ¡oh hijos, dónde os llevaré! ; tomóse un ave que tenía un espejo en la cabeza donde se veía el cielo y gentes armadas y a caballo; hombres de dos cabezas; la aparición de cometas; se activó el volcán Popocatépetl; creció el nivel de la laguna; cayó un rayo en el adoratorio de Xiuhtecuhtli; se incendió el techo de paja del altar de Huitzilopochtli. Y la leyenda de que su dios Quetzalcóatl volvería, y que era un dios blanco, tal como se le presentaban los españoles. 

Y qué decir de Quintalbor, ¿quién le iba a decir a este personaje que su señor Moctezuma lo mandaba llamar para irse en la embajada que enviaba presentes a los españoles? ¡por ser la copia indígena del jefe de los hombres blancos que estaban en la costa! Y en el real de los españoles que no lo dejaban en paz, lo llamaban Cortés por su parecido, así que, “Cortés acá y Cortés acullá....” (dicho por Bernal). En la despedida le regalaron al doble de Cortés, dos camisas de Holanda unas cuentas azules y otras cosillas, dice Bernal que Quintalbor adoleció en el camino, no sabemos si enfermó o de plano se murió antes de llegar a Tenochtitlán y no era para menos. 

En las playas frente a San Juan de Ulúa se formó un campamento. Este hecho era contrario a las instrucciones que había dado Diego Velásquez de sólo rescatar y volverse a Cuba, mas no poblar. En el real se formaron dos bandos: los que dándose cuenta de la riqueza de la tierra querían poblar para obtener privilegios y mercedes reales, que estaban del lado de Cortés y los partidarios de Velásquez que pedían el regreso a Cuba con todo lo rescatado. Como no todos estaban de acuerdo con quedarse, Cortés, para guardar las apariencias, mandó pregonar el regreso a Cuba para el día siguiente, sabiendo que su gente -que era la mayoría- lo impediría, pues ya tenía secretamente concertado con sus amigos: Alonso Hernández Portocarrero; los hermanos Alvarado; Cristóbal de Olid; Alonso de Ávila; Juan de Escalante; Francisco de Lugo y Bernal, formar un ayuntamiento para independizarse de la autoridad de Diego Velásquez y pedirlo por capitán general y justicia mayor. 

La simple voluntad de quedarse no era suficiente; para legalizarse tenían que fundar un ayuntamiento, de no hacerlo así, Cortés y sus hombres incurrían en el delito de lesa majestad, eran transgresores a la autoridad establecida por el rey como lo era Diego Velásquez. El Ayuntamiento de Villa Rica, fundado por Cortés y sus soldados, representó la voz de la mayoría que reasumía su soberanía y se convertía en autoridad suprema solo sujeta por tradición al monarca. 

En Castilla, el consejo ciudadano es el origen del ayuntamiento, es la asamblea de vecinos legalmente establecida bajo un principio de autoridad que en sus orígenes escoge a sus representantes, elige autoridades y se rige por sus propias leyes. Los símbolos de poder están representados en las varas de justicia, la picota y la horca. Por tanto, en las playas de la Vera Cruz, se juntaron en cabildo: alcaldes y oficiales nuevos, tomaron las varas de justicia y posesión de sus oficios según se acostumbraba en las villas y lugares de Castilla. 

El nombramiento de capitán general que le había dado Velásquez a Cortés se anulaba y es este Ayuntamiento constituido ya en autoridad, quien lo nombra de común acuerdo Capitán General y Justicia Mayor de ese territorio, a su cargo quedaría la administración y defensa de la Villa; dictar ordenanzas; impartir justicia en primera instancia y repartir tierras y solares. Es a través de esta forma que Cortés legalizó su alzamiento. 
 
“Y luego ordenamos de hacer y fundar e poblar una villa que se nombró La Villa Rica de la Vera Cruz, porque desembarcamos en Viernes Santo de la Cruz,... y rica por aquel caballero que se llegó a Cortés y le dijo que mirase las tierras ricas, e fundada la villa hicimos alcaldes y regidores, y fueron los primeros alcaldes Alonso Hernández Puertocarrero y Francisco de Montejo...se puso una picota en la plaza y fuera de la villa una horca, y señalamos por capitán para las entradas a Pedro de Alvarado, y maestre de campo a Cristóbal de Olí, y alguacil mayor a Joan de Escalante, y tesorero Gonzalo Mejía, y contador Alonso de Ávila, y alférez a Fulano Corral... y alguacil del real a Ochoa, vizcaíno, y a un Alonso Romero....después de lo cual otro día siguiente entramos en nuestro cabildo y
ayuntamiento; y estando así juntos enviamos llamar al dicho capitán Fernando Cortés y le pedimos en nombre de vuestras reales altezas que nos mostrase los poderes y instrucciones que el dicho Diego Velásquez le había dado...el cual envió por ellos y no los mostró...y que por haber ya expirado no podía usar de justicia ni de capitán de allí adelante”. “Pareciéndonos... que para la pacificación y concordia de entre nosotros y para nos gobernar bien,... le proveímos de justicia y alcalde mayor del cual recibimos juramento que en tal caso se requiere...lo recibimos en su real nombre en nuestro ayuntamiento y cabildo...y ansí está y estará hasta tanto vuestras majestades provean lo que más a su servicio convenga”. 

Cortés como alcalde mayor da nombramientos de alcaldes ordinarios a Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de Montejo, como regidor a Bernardino Vásquez de Tapia y como escribano a Diego de Godoy, los demás puestos quedaron tal cual se formo el ayuntamiento. Cada cabildo español tenía poderes judiciales y políticos no sólo en la cercanía inmediata sino por muchas leguas a la redonda, así entre 1519 y 1520 todo México era gobernado teóricamente desde la Vera Cruz.
Las ciudades de Castilla mandaban dos procuradores a la Corte. Cortés decide nombrar a Portocarrero y a Montejo como representantes ante la corona de la recién fundada Villa. Buscaba con esto el reconocimiento de la ciudad y negociar cédulas y mercedes reales. Que sabía más que garantizado con el envío de los presentes de Moctezuma y de todo lo rescatado. 

Mientras Cortés fundaba su Villa, a Velásquez le llegó el nombramiento de gobernador y adelantado de tierra firme, pero ya era tarde, los procuradores a pesar de las trabas del obispo Fonseca encargado de los asuntos de las Indias y favorable a Velásquez, llegaron en marzo de 1520 a Tordesillas donde Carlos se detuvo a visitar a su madre la reina loca Doña Juana y allí recibió a los emisarios de Cortés y a principios de abril pudo ver en Valladolid las cartas y los presentes. 

Bernal dice de Carlos V “después que vio y entendió fue tanto el contento que mostró, y los Duques y marqueses y condes y otros caballeros que estaban en su real corte, que en otra cosa no hablaban por algunos días sino de Cortés y de todos nosotros”.1 

Los presentes enviados por Moctezuma fueron exhibidos para la admiración de la Corte ambulante, en ciudades españolas y de ahí pasaron a las flamencas, donde se exhibió en la sala del Palacio del Ayuntamiento de Bruselas. El pintor alemán Alberto Durero viajó por estos días a Flandes y tuvo oportunidad de admirarlos; anotando en su diario: “A lo largo de mi vida, nada he visto que regocije tanto mi corazón como estas cosas. Entre ellas he encontrado objetos maravillosamente artísticos, y he admirado los sutiles ingenios de los hombres de estas tierras extrañas. Me siento incapaz de expresar mis sentimientos”2 

A fines de junio y principios de julio de 1521, mientras Cortés ponía sitio a la ciudad de Tenochtitlán, Diego Velásquez promovió una información contra Cortés para remitirlas al Consejo de Indias, estas primeras acusaciones serán la base para en 1529 formarle el juicio de residencia.
Pero el tesoro de Moctezuma surtió su efecto, el quince de octubre de 1522 Carlos V por Real Cedula daba el nombramiento a Cortés de Gobernador y Capitán General de la Nueva España. Velásquez enfermó y murió pocos años después, maldiciendo el día en que se le ocurrió nombrar a Cortés capitán general de la armada.
Estando en los arenales de Veracruz, lejos de lugares poblados y en sitio insalubre (vorazmente hostigados por los mosquitos conocidos como “chaquistes”, pequeñitos capaces de atravesar la ropa, que no tenían miedo a las armas de fuego ni a los caballos ni por supuesto comprendían lo mucho que importunaban a los descendientes de Quetzálcóatl), Cortés envió a Francisco de Montejo costa arriba, para buscar un puerto más seguro y buen sitio para poblar. Montejo llegó hasta el río Pánuco pero dadas las corrientes no pudo pasar, por lo que tornó de regreso a San Juan de Ulúa, dando relación que a doce leguas de allí habían visto un pueblo como fortaleza, llamado Quiahuiztlán y que cerca de aquel lugar había un puerto que le parecía al piloto podrían estar seguros los navíos. A este puerto le pusieron el nombre de Bernal por parecerse a otro de España. 

Ida la tercera y última embajada de Moctezuma, se acercaron cinco indios a la playa con rostro alegre y que hablaban una lengua diferente, los totonacas, le daban la bien venida de parte del señor de Cempoala. Cortés los trató bien y les dio algunas cosas de rescate y les mostró armas y caballos. Mandó ir al puerto que decía Montejo para tener los barcos al abrigo del peñol, subiendo a los barcos los bastimentos más pesados y él se fue caminando por tierra, pasaron el río donde después se poblaría La Antigua en balsas y canoas y llegaron a Cempoala siendo recibidos por 20 señores principales con ramilletes de flores lindamente artificiados “que es costumbre antigua entre los indios recibir con esta caricia” y le dijeron que el cacique los esperaba en su aposento que por ser hombre grueso y pesado no salía a recibirlos. Cempoala ubicada entre dos ríos y bautizada inicialmente como Sevilla era un paraíso, gente alegre, variedad de frutas, pastos de caza y mercado diario. Las paredes de las casas recién encaladas le parecieron a un soldado de los corredores de a caballo que eran de plata y volvió a galope a contar la nueva, pero luego se entendió el equívoco y “fue muy reída la broma”. 

Torquemada amonesta diciendo: “y bien pienso que con la imaginación que llevaban y buenos deseos de dineros todo se les antojaba plata y oro, no siéndolo todo lo que reluce, como dice el proverbio; y esto es así, que a cada uno se le antojan las cosas de aquel color engañoso que se las representa la propia pasión, y esta fue la causa por la que la naturaleza como tan diestra y discreta en sus operaciones ordenó que las niñas de los ojos, que son las que hacen la vista, no
tuviesen color ninguno en sí mismas, porque a tener alguno le parecieran de aquel todas las cosas que vieran” 

En Cempoala los alojaron por quince días, al día siguiente de ser recibidos fueron a pláticas con el cacique que se puso a llorar porque su pueblo estaba sujeto a Moctezuma que les exigía tributos. Cortés ofreció ayuda y se despidió tomando rumbo al puerto de Bernal donde habían anclado las naves. De camino pasaron al poblado de Quiahuiztlán ubicada en un cerro alto, también tributarios de Moctezuma, encontraron en el sitio solo 15 hombres que el cacique los había dejado para recibir a los españoles. Al día siguiente estando con Cortés los principales de Quiahuiztlán llegó el señor de Cempoala sobre hombros de muchos indios y volvió a llorar su desgracia. Estando en pláticas los caciques y Cortés les llegaron a avisar, que estaban los recaudadores de tributos de Moctezuma cosa que les causó tanto miedo que dejaron a Cortés solo, para salir corriendo a recibirlos y estos los amonestaron por aposentar a los españoles y les pidieron para resarcir el agravio 20 prisioneros. Como dice Fernando Benítez estos emisarios eran diferentes a los amables embajadores que conocieron en Veracruz, su poder era enorme, Moctezuma no necesitaba de un ejército para hacerse sentir en sus territorios, cinco hombres le bastaban para que el cacique gordo saliera corriendo servilmente a recibirlos. 

Cortés al enterarse ordenó se pusiera bajo prisión a los embajadores y a palos los aprehendieron y ataron. A uno, más bravo que los demás, que no se dejaba, más palos le tocaron. Los totonacas ya estaban avalentonados con el apoyo de sus nuevos aliados, querían sacrificarlos. En la noche Cortés soltó secretamente a dos de ellos, diciéndoles que el no sabía que los habían aprendido y que fueran con su señor Moctezuma a decirle que eran sus amigos y servidores. A la mañana Cortés echo la culpa a los cempoaltecas de haberlos dejado escapar, los cempoaltecas no sabían qué hacer y pensaron decirle a Moctezuma que los españoles los obligaron a apresarlos, y los tres prisioneros restantes que fueron llevados a los barcos, le dijeron a Cortes que desconfiara de los cempoaltecas que siempre le habían dado problemas a su señor. Todos se echaban la culpa y Cortés sacaba el mejor provecho. 

El ayuntamiento ya estaba fundado en papel, es decir jurídicamente, más de no de hecho así que decide bajar a fundar de facto su villa frente al puerto de Bernal.
Bernal: “y acordamos de fundar La Villa Rica de la Vera Cruz en unos llanos a media legua del pueblo que se dice Quiahuiztlán y trazada iglesia y plaza y atarazanas, y todas las cosas que convenían para ser villa, e hicimos una fortaleza y desde los cimientos, y en acabarla de tener alta para enmaderar y hechas troneras y cubos y barbacanas, dimos tanta prisa, que desde Cortés que comenzó el primero a sacar tierra a cuestas y piedras para ahondar los cimientos, como todos los capitanes y soldados, a la continúa, entendíamos de ello, y trabajábamos por acabarla de presto, los unos en los cimientos, y otros en hacer las tapias, y otros en acarrear agua, y en las caleras, en hacer ladrillos y tejas, y en buscar comida; otros en la madera, los herreros en la clavazón, porque teníamos dos herreros, y de esta manera trabajamos en ello a la continua desde el mayor hasta el menor, y los indios que nos ayudaban, de manera que ya estaba hecha la iglesia y casas y casi la fortaleza”3 

En la construcción de la Villa ayudaron los indios de Quiahuiztlán y los de Cempoala, los cuales cortaron ramas, madera y trajeron piedras para hacer las casas.
Fray Juan de Torquemada añade a los datos que nos da Bernal, el trazo de un contrafuerte o castillo, todo de tapia para lo que pudiera ofrecerse en el discurso de la guerra y para poder recibir socorros. Y la construcción de la casa de regimiento, casa de munición y el reparto de solares. 

El instituto de antropología de la Universidad Veracruzana en 1951, inició la exploración de las ruinas a cargo del maestro Alfonso Medellín Zenil, esta exploración quedo centrada en la fortaleza, con cimientos y bajos muros de piedra, continuados con madera. Eran cuatro crujías delimitando un gran patio, con cuatro torreones uno en cada esquina, formando aspas. Seguramente el trazo de esta primera villa fue reticular y partían de la plaza central los edificios importantes.
En la villa quedó como alguacil mayor Juan de Escalante, él debía terminar las construcciones, guardar el puerto y mantener la paz, disponía para esto de sus aliados los totonacas y sesenta soldados viejos y dolientes que no podían acudir en guerra. Mientras Cortés llegaba a Tenochtitlán, los totonacas le pedirían ayuda a Escalante porque Moctezuma exigía el tributo de la zona de Nautla y ellos se negaban a darlo. Escalante penetró en Nautla ganando la batalla contra los aliados de los aztecas pero fue mal herido y murió a los tres días de haber vuelto a Villa Rica. Cortés ya en Tenochtitlán pidió a Moctezuma se castigara esto y nombró como nuevo alguacil mayor a Alonso de Grado, que se dedicaba a demandar oro e indias bonitas y manifestaba sus intenciones de hacerse de la tierra con Diego Velásquez. Al enterarse de estas quejas Cortés mandará a la Villa a su mejor capitán, Gonzalo de Sandoval, con cargo de teniente de alcalde mayor y alguacil. Sandoval aprendió a Alonso de Grado y lo remitió preso a Tenochtitlán, se congració con los totonacas e incluso comenzó a enmaderar la fortaleza y a techarla y remitió a Cortés dos herreros con hierro de los navíos, cadenas, velas, jarcia, estopa, pez y una aguja magnética para los bergantines con los cuales reconocer los lagos de México. 

En 1525 la Villa Rica se pasó a un lugar más meridional, ocho leguas al sur, a la vera del río de Las Canoas, conocido actualmente como La Antigua y que Motolinia se empeño en llamarla Villa de Vera Cruz de San Francisco, aunque nunca se le conoció de este modo. El mismo Motolinia como guardián del convento de Texcoco y juez comisario pronunció sentencia contra Rodrigo Rengel el 3 de septiembre de 1527 por el pecado de blasfemia que a la iglesia de Villa Rica se dieran diez marcos de plata para la compra de una cruz y un cáliz. 

El traslado de la Villa a la Antigua, fue de carácter práctico ya que tenía la comodidad que las barcas cargadas con mercancías entraban directamente por el río al poblado y se descargaban en las casas del pueblo. Y por otro lado que quedaba más cerca del puerto de San Juan de Ulúa. En el siglo XVI la carga continuaba en barcas desde el puerto de la actual Veracruz hasta La Antigua. Mientras que los pasajeros desembarcaban en San Juan de Ulúa y de ahí pasaban a la Villa de Medellín junto al río Jamapa, sin pasar por la Antigua, que era un camino más directo por tierra hacia la capital de la Nueva España. 

La zona de La Antigua fue encomienda de Cortés hasta que pasó a la corona bajo la Primera Audiencia, con una modesta iglesia parroquial, un convento de franciscanos donde se fundó la hermandad de la Santa Cruz, una casa de jesuitas y una vicaría de dominicos, además de un hospital para atender a los enfermos que llegaban en los navíos. A cargo del cabildo estaba la obligación de mantener vigías para el aviso de barcos piratas.
Pasó a ser parte en el último tercio del siglo XVI del obispado de Tlaxcala. San Juan de Ulúa quedó como único puerto de entrada de navíos en la costa oriental de la Nueva España. La campana de San Juan de Ulúa anunciaba a los vecinos la llegada de las flotas anuales que mantenían la comunicación con España, trayendo artículos europeos: vinos, aceite, mercurio, fierro, ropas, telas finas, papel y libros y regresando con plata, cochinilla, índigo, algodón, pieles y madera de la Nueva España y marfiles, seda y porcelana de Asia. Tuvo hospital para atender a los enfermos de las naves que llegaban a México y un cura vicario para atender a los esclavos y a los indios. La construcción de la fortaleza de San Juan de Ulúa se inició desde el gobierno del virrey Antonio de Mendoza, con muchas modificaciones en años posteriores y aumentada con construcciones adicionales en tierra firme frente a la isla. Ulúa fue también la base de la armada de Barlovento. 

En 1599-1600 el virrey don Gaspar de Acevedo y Zúñiga Conde de Monterrey, ordenó el traslado de los habitantes de La Antigua a la Nueva Veracruz, en la costa frente a San Juan de Ulúa. Por cédula de Valladolid de 19 de junio 1615 se confirmó la traslación y se aprobó el título de Ciudad y Capitanía General de Provincia, concediéndole honores militares al Cabildo cuando salía en cuerpo, que consistían en armas al hombro y marcha batiente, y que eran rendidos por los cuerpos de guarnición de la plaza y del islote de San Juan de Ulúa.
El virrey Luis de Velasco el hijo, determino en 1608 la jurisdicción de cinco leguas de contorno medidas y amojonadas con cuerda de cáñamo de cincuenta varas que incluyó a la Villa de Medellín. Jerónimo Farfán maestro mayor de las obras de San Juan de Ulúa trazó la nueva ciudad.
Esta Nueva Veracruz fue conocida como la Ciudad de las Tablas porque la mayoría de sus construcciones eran de madera y muy pocas de material. Desde 1601 se trasladó el convento de franciscanos que estaba en La Antigua con su cofradía de la Santa Cruz. En 1615 se levantó la Casa de Cabildo. La iglesia parroquial por 1622 era pobre y toda de tablas y no tenía sacristía, ni sagrario, ni capilla para la pila bautismal y cuando andaban los aires del norte, es decir la mitad del año, se llenaba de arena. Así que provisionalmente se usó el templo de los frailes mercedarios terminado de construir en 1650, que sirvió de templo parroquial por algún tiempo. También se establecieron conventos de jesuitas y dominicos y un hospital a cargo de los hipólitos que recorrían los caminos de Veracruz con sus recuas de mulas en busca de enfermos y desvalidos. 

Una manzana la ocupaba el Santo Oficio de la Inquisición que se encargaba de vigilar la entrada de pasajeros y hacer la visita a las flotas en demanda de libros prohibidos, como eran los de romances que trataban de materias fabulosas. Bajada la mercancía de las flotas en la plaza de la ciudad se amontonaban cajas, barriles, pipas, cofres y arcones que las recuas de mulas trasladaban a México. Entre los que conducían recuas por esta época estaba un personaje singular: Alonso Díaz Ramírez de Guzmán o lo que es lo mismo Doña Catalina de Erauzo, monja, criada, comerciante, tahúr, pendenciera, soldado y arriera, hablamos de la Monja Alférez. 

En 1649 una flota que fondeó en el puerto trajo consigo el vómito negro, la peste cundió cobrando cientos de vidas, la ciudad encargó a San Sebastián el auxilio divino y lo nombró patrono de la ciudad de Veracruz Nueva. Para agradecer el cese de la epidemia y honrar a su nuevo patrono el cabildo construyó una capilla fuera del trazo de la ciudad, donde anualmente acudían autoridades civiles y eclesiásticas, cofradías, ordenes regulares, milicias de guarnición y clero secular, para saludarlo con descargas cerradas y honores de Capitán General y se le conducía a la parroquia para festejarlo.
En 1629, Felipe IV ordena la creación de la Armada de Barlovento para impedir la entrada de corsarios y defender las costas. Los piratas guarnecidos en la isla de Jamaica acechaban constantemente las costas y atacaban Alvarado, Tlacotalpan, Tuxpan, Campeche y Yucatán. Hasta llegaron a cobrar tributo de guerra para no atacar ciudades y villas. 

En 1683 gobernando Manuel Manrique de la Cerda, fue atacada por sorpresa la ciudad de Veracruz por los corsarios al mando del holandés Laurent Graff y por Lorencillo, indígena de Jalpa que se unió a los piratas, quienes destruyeron con hachas.: casas, bodegas, iglesias y conventos. Todos los habitantes de la nueva Veracruz: clérigos, mujeres, niños, jóvenes, viejos y esclavos, fueron obligados a juntarse en el templo. La ciudad fue saqueada y amenazaron con quemarlos vivos. Tomaron rehenes y se los llevaron a la Isla de los Sacrificios, pidiendo un rescate que finalmente fue entregado, la ciudad quedó en la ruina. Este asalto, dio impulso al fin, de construir un sistema para fortificar la ciudad, amurallándola, ya que lo que existía antes eran unas incipientes fortificaciones.
Estando próximo a cumplirse el 490 aniversario de la fundación del primer ayuntamiento continental de la Nueva España, el próximo mes de abril, sirva ésta semblanza de lo acaecido en los siglos XVI y XVII, como un modesto homenaje a los fundadores y pobladores de la ciudad de Veracruz. 



EDITÓ: LUIS OZDEN


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